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Un paso atrás en Los Jiotes
Mientras los extranjeros aceptan las tareas para ganarse
el sustento, algunos locales prefieren esperar la remesa
desde los Estados Unidos.
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| Un promedio de tres mil centroamericanos
cruza al mes la frontera de El Amatillo. Foto
EDH |
Durante una visita a este cantón unionense, realizada
en abril del año pasado, se pudo comprobar las condiciones
en que viven quienes llegan a El Salvador para trabajar
en la temporada de producción de sal.
La necesidad y el atractivo de obtener un pingüe salario
en dólares estadounidenses pueden más que
la nostalgia de dejar atrás a la familia, alimentarse
mal y dormir en precarias situaciones.
Según lo manifestado en aquella oportunidad, viajan
a suelo cuscatleco porque en sus naciones no hay fuentes
de trabajo.
Resulta paradójico que los nacionales rechazan las
oportunidades que otros, con mucho sacrificio, aprovechan.
Los jiotenses prefieren esperar la llegada de la divisa
que envían sus parientes desde ciudades estadounidenses.
Vienen a El Salvador cuando el empleo escasea en Nicaragua.
Son materia dispuesta en cuanto a las ofertas
que les hacen los propietarios de las salineras. Ellos también
se dedican a labores agrícolas en sus países,
cuando es tiempo de sembrar y cosechar.
Su alojamiento es una cabaña de madera
con escasa ventilación, de cuyas paredes cuelgan
las hamacas en que duermen. La estructura es similar a otras
donde se almacena la sal que van ganando al mar a puro sol.
En los rincones interiores se aprecian maletines que contienen
las escasas pertenencias de cada uno. También hay
en el piso recipientes plásticos para almacenar agua,
calzado y una improvisada cocina donde preparan sus alimentos.
Su vestimenta de trabajo consiste en calzoneta, camiseta
y sandalias plásticas (yinas).
La economía parece ser una de sus consignas, pues
cuando han logrado reunir alguna suma, uno de ellos viaja
hasta Nicaragua y lleva consigo las remesas
del resto.
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