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Un paso atrás en Los Jiotes

Mientras los extranjeros aceptan las tareas para ganarse el sustento, algunos locales prefieren esperar la remesa desde los Estados Unidos.

Enrique Maldonado
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com
Un promedio de tres mil centroamericanos cruza al mes la frontera de El Amatillo. Foto EDH

Durante una visita a este cantón unionense, realizada en abril del año pasado, se pudo comprobar las condiciones en que viven quienes llegan a El Salvador para trabajar en la temporada de producción de sal.

La necesidad y el atractivo de obtener un pingüe salario en dólares estadounidenses pueden más que la nostalgia de dejar atrás a la familia, alimentarse mal y dormir en precarias situaciones.

Según lo manifestado en aquella oportunidad, viajan a suelo cuscatleco porque en sus naciones no hay fuentes de trabajo.

Resulta paradójico que los nacionales rechazan las oportunidades que otros, con mucho sacrificio, aprovechan.

Los jiotenses prefieren esperar la llegada de la divisa que envían sus parientes desde ciudades estadounidenses.

Vienen a El Salvador cuando el empleo escasea en Nicaragua. Son “materia dispuesta” en cuanto a las ofertas que les hacen los propietarios de las salineras. Ellos también se dedican a labores agrícolas en sus países, cuando es tiempo de sembrar y cosechar.

Su “alojamiento” es una cabaña de madera con escasa ventilación, de cuyas paredes cuelgan las hamacas en que duermen. La estructura es similar a otras donde se almacena la sal que van ganando al mar a puro sol.

En los rincones interiores se aprecian maletines que contienen las escasas pertenencias de cada uno. También hay en el piso recipientes plásticos para almacenar agua, calzado y una improvisada cocina donde preparan sus alimentos.

Su vestimenta de trabajo consiste en calzoneta, camiseta y sandalias plásticas (“yinas”).

La economía parece ser una de sus consignas, pues cuando han logrado reunir alguna suma, uno de ellos viaja hasta Nicaragua y lleva consigo las “remesas” del resto.

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