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Sin estadísticas del número de empleos

No se tiene la certeza de cuántos nicaragüenses y hondureños laboran en la zona oriental. La Unión es prácticamente un “paso ciego”.

Sonia Bernal
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com
El hacinamiento es, por lo general, una constante entre quienes llegan al país en busca de trabajo. Foto EDH

Es común observar en los pueblos cerca de la frontera de El Salvador con Honduras, a muchos nicaragüenses y hondureños, ya sea de paso o como trabajadores.

Sin embargo, instituciones estatales, como las oficinas del Ministerio de Gobernación en las cabeceras departamentales de La Unión y San Miguel, no tienen un registro de cuánta gente entra al país.

Cabe señalar que el flujo no sólo es por la vía de la frontera de El Amatillo, por la que al mes cruzan cerca de tres mil centroamericanos en busca de mejores oportunidades.

También está la vía marítima, lo que escapa del control de las autoridades salvadoreñas y convierte a La Unión en un verdadero paso ciego.

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Mientras los extranjeros aceptan las tareas para ganarse el sustento, algunos locales prefieren esperar la remesa desde los Estados Unidos.

Aunque en las oficinas de Gobernación sólo se puede obtener una copia de los requisitos que se necesitan para solicitar estadía en el país, es difícil estimar un número exacto de estos extranjeros que laboran en la zona oriental.

Ellos llegan con el afán de poder obtener empleo y, por supuesto, dólares. Esta divisa tiene, en sus países de origen, una buena tasa de cambio. En el caso de Nicaragua, vale 15.15 córdobas y en Honduras el cambio es de 17.50 lempiras por dólar.

Es con base en lo anterior que los pocos ingresos obtenidos en el país, como paga de los trabajos que consiguen, les sirven para enviar a sus familias en las naciones vecinas.

Oportunidades

Ana María (nombre ficticio) forma parte de un grupo de seis jóvenes que se han venido al país a buscar mejores oportunidades. Ellas trabajan como empleadas domésticas, rentan una casa en una colonia periférica en San Miguel.

Una de ellas trabaja en un comedor, y las otras en casas particulares. El salario que devengan es de 70 dólares mensuales, algunas con mejor suerte llegan a los $100.

“El trabajo es bastante duro, casi siempre nos quieren pagar menos de lo que gana una salvadoreña”, sostuvo Ana María.

Pero señaló que las empleadas domésticas que “duermen adentro”, tienen que levantarse a las cinco de la mañana y se acuestan, por lo general, a las diez de la noche.

Sin embargo, dijo que la “ventaja” es que la alimentación y la vivienda son gratuitas y por lo tanto pueden ahorrar más.

Pero en este campo, la situación es bastante similar a las salvadoreñas, debido a que no existe ninguna legislación que regule el servicio doméstico.

También se reportan algunos aspectos negativos sobre la inmigración centroamericana. La Fiscalía General de la República con frecuencia arroja datos sobre nicaragüenses y hondureños involucrados en hechos delictivos.

Asimismo, en muchos bares de La Unión, Santa Rosa de Lima y San Miguel se han encontrado menores prostituyéndose. Es el rostro triste del “sueño salvadoreño”.

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