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MUNDO DEL ARTE

El escape de la ceguera

El escritor y crítico oriundo de Lolotiquillo, Jocoro, siente que tiene un juguete nuevo después de operarse uno de sus ojos y descubrir que los colores no eran como él creía. En el momento en que usted lee esta historia, él estará operándose su ojo izquierdo.

Morazán
Mauricio Vallejo Márquez
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com
De vez en cuando Geovani Galeas recitaba unos versos de Jorge Luis Borges para resignarse a su futuro: la ceguera.

“Borges es uno de mis escritores de cabecera, es el que más me formó estilísticamente. Gracias a él aceptaba mi posible destino”, comenta el literato.

Tenía la idea de que cuando no pudiera ver engrosaría la lista de escritores ciegos: “Pensé que llegaría a ser otro escritor ciego, siguiendo la cadena de Homero, John Milton y Jorge Luis Borges. Soñé que sería uno más de la dinastía”.

y hasta hizo planes para esos días de ceguera: “Ya no podría leer, pero me acordaré de lo que he leído o escrito. Tal vez ciego me concentre más, porque no me distraeré con lo visual”.

Aunque es un crítico que ha leído mucho para cultivar su juicio, se arrepiente de algunas críticas que hizo:

“Llegué a hacer crítica de pintura, eso era irónico y lo hice sistemáticamente en México. La mitad del cuadro me lo inventaba yo. Tengo que disculparme con los que critiqué mal y disculparme con los que elogié. Antes que crítica hice literatura de ficción”.

Ahora Galeas trabaja con mayor atención en su trabajo y disfruta de su alrededor y sobre todo de los colores.

Poema de los dones
Jorge Luis Borges
A María Esther Vásquez

Nadie rebaje a lágrima o reproche
Esta declaración de la maestría
De Dios, que con magnífica ironía
Me dio a la vez los libros y la noche.
De esta ciudad de libros hizo dueños
A unos ojos sin luz, que sólo pueden
Leer en las bibliotecas de los sueños
Los insensatos párrafos que ceden
Las albas a su afán. En vano el día
Les prodiga sus libros infinitos,
Arduos como los arduos manuscritos
Que perecieron en Alejandría.
De hambre y de sed (narra una historia griega)
Muere un rey entre fuentes y jardines;
Yo fatigo sin rumbo los confines
De esa alta y honda biblioteca ciega.
Enciclopedias, atlas, el Oriente
Y el Occidente, siglos, dinastías,
Símbolos, cosmos y cosmogonías
Brindan los muros, pero inútilmente.
Lento en mi sombra, la penumbra hueca
Exploro con el báculo indeciso,
Yo, que me figuraba el Paraíso
Bajo la especie de una biblioteca.
Algo, que ciertamente no se nombra
Con la palabra azar, rige estas cosas;
Otro ya recibió en otras borrosas
Tardes los muchos libros y la sombra.
Al errar por las lentas galerías
Suelo sentir con vago horror sagrado
Que soy el otro, el muerto, que habrá dado
Los mismos pasos en los mismos días.
¿Cuál de los dos escribe este poema
De un yo plural y de una sola sombra?
¿Qué importa la palabra que me nombra
si es indiviso y uno el anatema?
Groussac o Borges, miro este querido
Mundo que se deforma y que se apaga
En una pálida ceniza vaga
Que se parece al sueño y al olvido.

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