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Nueve días en la nada II
Historia de los dos náufragos

En la edición anterior del Diario de Oriente se publicó la primera entrega de esta crónica novelada que narra la experiencia vivida por Carlos y Nelson, los dos pescadores de Conchagua que estuvieron nueve jornadas a la deriva sin comida ni bebida. Los tres primeros días fueron los de la batalla contra el mar, de la aparición de síntomas de deshidratación y de la búsqueda de la fe como compañera de viaje, pero aún faltaba lo peor...

Usulután
Flor Lazo / Roberto Valencia
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com

el golfo de fonseca fue el punto de partida de su travesía; la belleza de esta fotografía casi impide pensar que fue el escenario de la tragedia de Carlos y Nelson.
Foto diario de oriente/ archivo

Cuarto día:
En las manos del destino

Después de cuatro días perdidos en la nada, los pescadores pudieron comprobar que el bálsamo divino era insuficiente para calmar sus penurias. Hambre, sol, viento y sed se habían aliado para poner a prueba la fe de los conchagüenses.

El veterano Carlos y el joven Nelson comenzaron a padecer alucinaciones derivadas de las largas exposiciones al sol sin alimentos ni agua. El menor comenta que, en varias ocasiones, soñó que su hermanita le daba agua fresca y, por ilógico que suene, eso lograba calmar su sed.

Carlos, por su parte, asegura que no las tuvo; es más, afirma que nunca durmió más de 20 minutos “por si algún barco nos encontraba”. Su cuñado le contradice al señalar que “sólo yo pasaba despierto... él se dormía casi todo el tiempo, de día y de no-che”. Estas pequeñas incoherencias entre los protagonistas forman ya parte de los recuerdos que les cobró el mar como peaje.

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Quinto día:
El suicidio no es la salida

 

¿Cómo pasaban las interminables horas en soledad los pescadores unionenses? Cada uno hizo gala de sus mejores habilidades para matar el tiempo y dejar de pensar que cada minuto que pasaba los acercaba más a la muerte.

— “Yo me la pasaba cantando coritos y salmos o rezaba porque habíamos designado ciertos horarios para hacer unos pequeñitos cultos”, explica el experimentado Carlos.

Nelson, por su parte, buscaba consuelo a su manera. El joven fabricó una rudimentaria arma: un trozo de madera tallado con su pequeño cuchillo. Confiesa que “me la pasaba tratando de arponear los peces, pero nunca los pude atravesar; también caminaba de una punta a otra del bote para que los pies no se me durmieran”. Además, asegura que llegó a jugar con algunos peces que se acercaban a la embarcación, e incluso que pudo observar una familia de ballenatos.

La búsqueda se incrementa

En tierra, los familiares también vivían momentos de agonía. La Marina salvadoreña llegó incluso a solicitar ayuda a sus colegas de Honduras y Nicaragua para que les avisaran si encontraban los cuerpos.

Cuando casi todos sólo buscaban sus cuerpos, el padre de Nelson aún creía en la idea de hallarlos con vida: “Se que no han muerto, por eso pido apoyo para rastrear toda la zona hasta que los encontremos”.

 

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