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MUNDO DEL ARTE

La literatura de un escritor adulto mayor

Ahora se dedica a empezar su obra, con tranquilidad y seguro de sí mismo, luego de haber experimentado.

Lya Ayala
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com
Las diferentes carreras de este morazánico y su visión de vida es la columna de las obras literarias. Foto LISSETTE MONTERROSA

Renán Alcides Orellana es, ante todo, un hombre satisfecho de la vida, de sus hijos y la familia que formó.

“Los mejores poemas que tengo están aquí en la casa, son mis hijos”, expresa complacido.
Y no es para menos, de los cinco que engendró con la sicóloga Leticia Calderón de Orellana, dos son médicos que ejercen en los Estados Unidos, una es socióloga, otra psicóloga y la menor estudia la misma profesión.

“Esta familia camina en una unidad granítica difícil de romper”, destaca.

No se arrepiente de haber dejado la literatura para el final. “Mi poesía no es complicada, porque no escribo para académicos, sino para que la gente me entienda”, asegura Renán.

Desde este punto parte su visión actual del trabajo enteramente literario que realiza y se compromete con la lectura de los clásicos, Rubén Darío, el dominicano Pedro Mir, Vicente Huidobro y César Vallejo.

Y más con los de su juventud, Anton Chejov, Edgar Allan Poe, Mark Twain y Guy de Maupassaunt
Curiosamente, dice que leer las novelas de Corín Tellado le ha enseñado una mejor estructura al escribir.

“La novela costumbrista tiene un especial significado para mí, Eustacio Rivera, Rómulo Gallegos y Ricardo Giraldes, pero el boom con Carlos Fuentes, Ernesto Sábato, Alejo Carpetier, Vargas Llosa y García Márquez me atrapó”, hace un recuento.

Por eso aconseja a los jóvenes realizar la lectura sistemática y no conformarse con lo que les dan en la escuela. “Los profesores no lo hacen de mala fe, sino por los programas y el tiempo que disponen”, comenta.

A propósito de lo necesario que debe ser para los escritores prepararse a conciencia, Renán cuenta una de las tantas historia de juventud: “Nos reuníamos con Escobar Velado en el café Doreña, en San Salvador, y nos daba verdaderas cátedras de estilo.

Nos decía que no escribiéramos de un tirón, sino que debíamos corregir una y otra vez hasta hacerlo lo mejor posible”.

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