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Un
inmigrante con suerte americana
Con
dos viajes a Estados Unidos logró tener su propio ganado
y manzanas de tierra.
Cada
matorral de la frontera entre México y Estados Unidos
es conocido por José Eleuterio González, un
inmigrante oriundo de Morazán. Dos veces ha viajado
rumbo a Nueva York y las dos ha regresado con toda tranquilidad
a El Salvador.
En 1986, decidió huir del país. La guerrilla
quería asesinarle porque estuvo en la Organización
Democrática Nacionalista (ORDEN), aunque hoy no le
gusta hablar de lo que hacía.
Así que arregló sus maletas, buscó un
coyote que se identificaba como José y se dirigió
al norte.
La primera vez que partió fue una semana después
del terremoto del 10 de octubre de 1986.
Nos íbamos para Guatemala cuando llegamos a San
Salvador, donde había un gran relajo, así que
tuvimos que retrasar el viaje, cuenta Eleuterio, mientras
sonríe.
Se fue en avión hasta Tijuana, de allí cruzó
la frontera, sin toparse con la policía de inmigración
de Estados Unidos, hasta que llegó a Texas, donde tomó
otro avión y se dirigió a Nueva York.
Nunca aprendió el inglés, lo único que
sabe decir es one cheese burger.
Apenas tres veces visitó los aeropuertos de la ciudad
de los rascacielos: las dos veces que regresó a El
Salvador y en su primer viaje, cuando tuvo que trasladarse
de California a Nueva York.
La primera vez que me fui me pareció tan fácil,
que pensaba: ¿cómo es que no viene más
gente?, confiesa Eleuterio.
Regresó a El Salvador en 1990, porque necesitaba estar
cerca de sus hijos, aunque asegura que no tenía ningún
problema para seguir viviendo allá.
Trabajó en Universal Construction, una empresa dirigida
por el cubano-americano Luis Rodríguez, quien acostumbraba
ayudar a todos los inmigrantes hispanohablantes.
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| Eleuterio González es un campesino
amistoso que compró su terreno gracias al sueldo
que ganó en los Estados Unidos. |
Entre los recuerdos tristes que guarda de sus viajes está
que para cobrar su sueldo, cuatro dólares la hora,
tenía que pagarle diez dólares a un compañero
de trabajo para que cobrara el cheque que le proporcionaban
a Eleuterio, porque él no sabía leer y no hablaba
inglés.
Volvió a Nueva York en 1993, pero sólo trabajó
seis meses, porque al llegar le avisaron que había
muerto su padre, Jesús González.
Ese viaje fue más duro que el primero, toda la travesía
la hizo a pie. Cuando cruzó Tijuana se escondió
entre unos pequeños matorrales, mientras el grupo que
iba con él fue capturado.
Éramos 20 y les agarraron a todos, sólo
yo me salvé, advirtió el campesino, con
un suspiro.
Cuando regresó al país decidió establecerse
en La Unión y compró cuatro manzanas de terreno.
Allí pastan 15 cabezas de ganado. Todo lo que tiene
es gracias al esfuerzo que realizó en Nueva York.
Tanta fe tiene en las oportunidades de trabajo que brindan
los estadounidenses, que envió el año pasado
a su hijo José, de 22 años. Decidió llamar
a un coyote que vivía cerca de su casa. Vendió
una vaca y con ese dinero mandó lejos a su vástago.
Algo que agradece a Dios es que siempre tiene trabajo allá,
al grado que si manda a un conocido, éste tiene empleo
asegurado gracias al cubano Luis Rodríguez.
Sin importarle mucho los inconvenientes que tuvo, vive feliz
en su tierra de La Unión. A pocos kilómetros
de la playa y con un calor que es menguado gracias a los inmensos
almendros de río, maquilishuats y jocotales que tiene
en su terreno.
Es más, si un buen amigo de él desea salir rumbo
a las tierras del Tío Sam, Eleuterio está dispuesto
a ayudarle, al grado de vender una de sus vacas.
Una antena en sus tierras
Algunas personas preguntan por qué González
porta un celular en su cinturón.
- CTE-ANTEL le compró un fragmento de tierra para instalar
una antena para mejorar la cobertura telefónica en
la zona.
- Eleuterio recibe un cheque mensualmente, como sueldo, por
vigilar la antena.
- Por eso don Eleuterio porta con orgullo su celular en todo
momento, recibiendo la señal telefónica en uno
de los extremos más lejanos del país.
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