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MUNDO DEL ARTE

Enamorado de la naturaleza y de estudiantes

No puede dejar de impartir clases de música y sueña que un discípulo suyo lo suceda en la Orquesta Sinfónica.

Mauricio Vallejo
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com
Observar el paisaje del campo es uno de los pasatiempos favoritos de Manuel Larios, quien asegura que siempre fue así. Foto: Diario de Oriente

“Me gusta la naturaleza, quizá por ser campesino”, es lo primero que dice al salir del Teatro Presidente, en San Salvador. Y es que Larios disfruta mucho ver las plantas. Cuando viaja a su pueblo goza de una forma increíble el viaje. Camina despacio para poder ver toda la vegetación. Le fascina recorrer los caminos de tierra, a veces toma asiento en una piedra y contempla el paisaje por horas.

Sus recuerdos son muy emotivos, suspira y le pide a nuestro fotoperiodista que le fotografíe frente a las plantas. “Siempre me quise tomar una foto en el jardín”, comenta, mientras nuestro fotógrafo realiza diversas tomas. Luego recuerda el cartel de La Traviata, que interpretará la Orquesta Sinfónica Juvenil y nos explica que instruir a los jóvenes es una de sus pasiones.

“Me gusta enseñarle a los muchachos, ellos son el futuro. Mi sueño es que uno de mis alumnos me suceda en la Orquesta y ocupe mi silla”, comenta. La verdad es que también la profesión de maestro le viene muy bien. Le gusta tanto enseñar, que a veces olvida el tiempo.
“Yo no entiendo cómo es que hay tantos prejuiciados. Maestros que agarran pleitos con alumnos sólo porque les caen mal. Esos no deberían ser maestros, sino vendedores de verduras”, expresa con dureza el trombonista.

Caminante


A él no le importa caminar varios kilómetros, es más, lo necesita porque para tocar cualquier tipo de instrumento de viento es necesario tener unos pulmones resistentes.
“Aunque me vean así de panzón, no siempre fui así”, explica. Siempre se mantuvo caminando. Fue hasta que pasó de los 50 años que su estómago comenzó a crecer. No por la falta de ejercicios, porque caminar es lo más normal para él. Sino por los manjares que le gusta degustar.

Al finalizar la entrevista, le ofrecimos un aventón, pero después de medio kilómetro se bajó del automóvil y nos dijo: “Me van a disculpar, pero prefiero caminar”. Y, ¿hasta dónde va?, le pregunté. “Voy al centro, pero necesito caminar”, contestó. No había pasado ni un minuto, cuando había recorrido una cuadra.

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