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La necesidad de comer vale más
que el entorno

Un estudio elaborado por una ong ambientalista pone al desnudo la sobreexplotación de los recursos en la península San Juan del Gozo. También revela la extrema pobreza en que se halla sumida gran parte de la población en una zona caracterizada por su belleza natural

Usulután
Enrique Maldonado
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com

José Luis Rodríguez esperaba atrapar suficientes peces. Al final, desistió porque el día “estaba malo”.Foto Diario de Oriente/Lissette lemus

Un recorrido por la península de San Juan del Gozo, en la costa usuluteca, hace evidente el descuaje a que ha sido sometido el bosque de mangle.

Tierras de pastoreo, plantaciones de algodón, ajonjolí y maíz, pistas de aterrizaje, ranchos de veraneo, entre otros, han sustituido la vegetación original del brazo de tierra.

Un estudio de la zona elaborado por el Centro Nacional de Tecnología Apropiada (CESTA), señala que las condiciones de extrema pobreza y falta de oportunidades laborales obliga a los pobladores a ejercer mayor presión sobre los recursos, para subsistir.

Diario de Oriente lo pudo comprobar en un recorrido por los cantones San Juan del Gozo, Isla de Méndez y Corral de Mulas, asentados a lo largo de la península.

La versión de falta de fuentes laborales en la península fue repetida por todas las personas consultadas, incluso Manuel de Jesús Torres, del concejo municipal de Puerto el Triunfo.

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Pero el CESTA aclara en el documento, al que tuvo acceso este Diario, que “la península y en general la bahía de Jiquilisco aún conforman la extensión más grande de bosque de manglar” en el país.
Esos “parches de vegetación” albergan especies animales y vegetales, la mayoría en peligro de extinción.

Como muestra, se pudo observar una masacuata muerta a machetazos, de aproximadamente un metro de longitud. Se cree erróneamente que son dañinas, pero ayudan a controlar especies como los roedores, que pueden transmitir la rabia.

También se pudo observar pichiches domesticados, garzas blancas en el sector de La Canoa, y una culebra “mica” que “saltaba” de una rama para buscar escondite en un matorral.

Fue notoria la cantidad de pájaros que cruzaban la calle volando de un lado a otro, mientras nos dirigíamos hacia Corral de Mulas.

El estudio de CESTA incluye un amplio listado de aves, mamíferos, reptiles y plantas de la zona.
Además de los parches de vegetación natural, hay “propiedades privadas de considerable extensión” dedicadas a la crianza de ganado.

Al caer el sol, es común ver los hatos en camino a los establos, tras pacer la mayor parte del día en los potreros, arreados a veces por menores que montan potros “a pelo”.

Sólo pesca

Y aunque llamó la atención la cantidad de ganado a lo largo del trayecto, la gente señaló que sólo se vive de la pesca.

Incluso señalaron que medidas de protección, como la veda a la pesca de camarón, lejos de ayudarles, les perjudica mientras dura. Esa es la opinión de María Isabel Flores, quien vive con su familia en el cantón San Juan del Gozo.

De acuerdo con CESTA, el fuego representa el principal factor de degradación del ecosistema.
Y la inveterada costumbre campesina de incendiar las parcelas de cultivo, antes de iniciar la época de siembra, acelera la pérdida de nutrientes del suelo.

Estudios como el hecho por CESTA advierten del riesgo en áreas sensibles. Pero se cae en un círculo vicioso si no se cuenta con las alternativas para llevar sustento a los miles de familias que dependen de la naturaleza para subsistir.

Al final, pesa más la necesidad de comer que la intención de proteger

LA CEGUERA PRESIDENCIAL

Con frecuencia se ve al presidente Francisco Flores llegar en lancha al sector de Corral de Mulas, en la bahía de Jiquilisco. Tras pasar la noche en el lugar, parte en helicóptero.
Hay ocasiones en que no va solo, sino que le acompaña todo un séquito con el que “departe” durante su estadía. Y eso sin contar las decenas de policías y soldados que lo protegen de un eventual atentado.

Nada le impide hacerlo. Está en su derecho. No es difícil imaginar el cuantioso gasto sólo en el helicóptero, que fácilmente ronda los 6 mil colones por hora, sin contar las “atenciones” para los invitados.

Un cálculo conservador podría ser ¢10 mil en el fin de semana.
Repito, está en su derecho. Pero mientras él se da la gran vida, a escasos metros a su alrededor hay todo un cinturón de miseria que, en buen salvadoreño, “come salteado”
Esa gente no cubre los requisitos nutricionales mínimos diarios, carece de una vivienda digna.
Muchas veces sus hijos apenas van vestidos con la mugre que cubre su piel. No beben agua embotellada sino que la obtienen de pozos salobres y sin ningún tratamiento.

La lista es tan grande como las necesidades insatisfechas de los asentamientos alrededor del sitio de esparcimiento del Presidente de la República. Es tan grande como la ceguera del mandatario que no las percibe.

Enrique Maldonado
qmaldonado@elsalvador.com

 

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