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La
necesidad de comer vale más
que el entorno
Un
estudio elaborado por una ong ambientalista pone al desnudo
la sobreexplotación de los recursos en la península
San Juan del Gozo. También revela la extrema pobreza
en que se halla sumida gran parte de la población
en una zona caracterizada por su belleza natural
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José Luis Rodríguez
esperaba atrapar suficientes peces. Al final, desistió
porque el día estaba malo.Foto
Diario de Oriente/Lissette lemus
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Un recorrido por la península de San Juan del Gozo,
en la costa usuluteca, hace evidente el descuaje a que ha
sido sometido el bosque de mangle.
Tierras de pastoreo, plantaciones de algodón, ajonjolí
y maíz, pistas de aterrizaje, ranchos de veraneo,
entre otros, han sustituido la vegetación original
del brazo de tierra.
Un estudio de la zona elaborado por el Centro Nacional de
Tecnología Apropiada (CESTA), señala que las
condiciones de extrema pobreza y falta de oportunidades
laborales obliga a los pobladores a ejercer mayor presión
sobre los recursos, para subsistir.
Diario de Oriente lo pudo comprobar en un recorrido por
los cantones San Juan del Gozo, Isla de Méndez y
Corral de Mulas, asentados a lo largo de la península.
La versión de falta de fuentes laborales en la península
fue repetida por todas las personas consultadas, incluso
Manuel de Jesús Torres, del concejo municipal de
Puerto el Triunfo.
Pero el CESTA aclara en el documento, al que tuvo acceso
este Diario, que la península y en general
la bahía de Jiquilisco aún conforman la extensión
más grande de bosque de manglar en el país.
Esos parches de vegetación albergan especies
animales y vegetales, la mayoría en peligro de extinción.
Como muestra, se pudo observar una masacuata muerta a machetazos,
de aproximadamente un metro de longitud. Se cree erróneamente
que son dañinas, pero ayudan a controlar especies
como los roedores, que pueden transmitir la rabia.
También se pudo observar pichiches domesticados,
garzas blancas en el sector de La Canoa, y una culebra mica
que saltaba de una rama para buscar escondite
en un matorral.
Fue notoria la cantidad de pájaros que cruzaban la
calle volando de un lado a otro, mientras nos dirigíamos
hacia Corral de Mulas.
El estudio de CESTA incluye un amplio listado de aves, mamíferos,
reptiles y plantas de la zona.
Además de los parches de vegetación natural,
hay propiedades privadas de considerable extensión
dedicadas a la crianza de ganado.
Al caer el sol, es común ver los hatos en camino
a los establos, tras pacer la mayor parte del día
en los potreros, arreados a veces por menores que montan
potros a pelo.
Sólo pesca
Y aunque llamó la atención la cantidad de
ganado a lo largo del trayecto, la gente señaló
que sólo se vive de la pesca.
Incluso señalaron que medidas de protección,
como la veda a la pesca de camarón, lejos de ayudarles,
les perjudica mientras dura. Esa es la opinión de
María Isabel Flores, quien vive con su familia en
el cantón San Juan del Gozo.
De acuerdo con CESTA, el fuego representa el principal factor
de degradación del ecosistema.
Y la inveterada costumbre campesina de incendiar las parcelas
de cultivo, antes de iniciar la época de siembra,
acelera la pérdida de nutrientes del suelo.
Estudios como el hecho por CESTA advierten del riesgo en
áreas sensibles. Pero se cae en un círculo
vicioso si no se cuenta con las alternativas para llevar
sustento a los miles de familias que dependen de la naturaleza
para subsistir.
Al final, pesa más la necesidad de comer que la intención
de proteger
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LA CEGUERA PRESIDENCIAL
Con frecuencia se ve al presidente Francisco Flores
llegar en lancha al sector de Corral de Mulas, en
la bahía de Jiquilisco. Tras pasar la noche
en el lugar, parte en helicóptero.
Hay ocasiones en que no va solo, sino que le acompaña
todo un séquito con el que departe
durante su estadía. Y eso sin contar las decenas
de policías y soldados que lo protegen de un
eventual atentado.
Nada le impide hacerlo. Está en su derecho.
No es difícil imaginar el cuantioso gasto sólo
en el helicóptero, que fácilmente ronda
los 6 mil colones por hora, sin contar las atenciones
para los invitados.
Un cálculo conservador podría ser ¢10
mil en el fin de semana.
Repito, está en su derecho. Pero mientras él
se da la gran vida, a escasos metros a su alrededor
hay todo un cinturón de miseria que, en buen
salvadoreño, come salteado
Esa gente no cubre los requisitos nutricionales mínimos
diarios, carece de una vivienda digna.
Muchas veces sus hijos apenas van vestidos con la
mugre que cubre su piel. No beben agua embotellada
sino que la obtienen de pozos salobres y sin ningún
tratamiento.
La lista es tan grande como las necesidades insatisfechas
de los asentamientos alrededor del sitio de esparcimiento
del Presidente de la República. Es tan grande
como la ceguera del mandatario que no las percibe.
Enrique Maldonado
qmaldonado@elsalvador.com
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