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Alberto
Masferrer:
El pensador que quiso vivir con lo mínimo
Ningún
intelectual salvadoreño ha despertado tantas opiniones
y de distintos juicios como Alberto Masferrer, el creador
del vitalismo.
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| Alberto Masferrer nunca dejó
de pensar, siempre mantuvo ese ejercicio dentro de sus
ensayos y en sus pláticas lo que consiguió
un buen número de enemigos y amigos a lo largo
de su vida. |
Cuando un capitalino conversa con un habitante de la zona
oriental de El Salvador, no es raro escuchar que diga con
orgullo que los pensadores más conocidos de El
Salvador han nacido al otro lado del Lempa.
Y no están equivocados al decirlo, porque al oriente
del país nacieron Francisco Gavidia, Hugo Lindo y Alberto
Masferrer, tres de los grandes pensadores del siglo pasado.
El último de ellos fue el hombre que creó el
vitalismo, un pensamiento que ganó muchos simpatizantes
y detractores.
La ciudad de Alegría, en Alegría, Usulután,
fue la ciudad en la que creció Alberto Masferrer Mónico,
uno de los ensayistas y filósofos salvadoreños
más reconocidos de su tiempo.
Cuando niño jugaba en las calles empedradas y observaba
la naturaleza, así fue como comenzó su tarea
como pensador e intelectual, al mismo tiempo que crecía
devoró muchos libros para conocer el por qué
de las cosas, agotando las bibliotecas, muy escasas en su
pueblo, que tenía más cercanas.
Cuando fue estudiante intercambió libros con sus amigos
y se fue haciendo de su biblioteca personal.
Masferrer sabía lo importante que era el conocimiento,
por esa razón se dedicó a aprender de todo.
No era raro encontrarlo tan concentrado en los libros que
ni siquiera reparaba en la presencia de alguna persona.
Las horas tampoco importaban, lo único que tenía
importancia era aumentar el conocimiento y eso fue lo que
hizo. El ensayista fue autodidacta y se formó con la
experiencia que la edad le iba dejando, lo que el definió
como la Universidad de La Vida, la mejor escuela
que él podía tener, según su propia opinión,
porque fue la que mejores cosas le enseñó.
Poesía no
Cuando decidió dedicarse a la literatura, consideró
que su carrera sería como escritor de poemas, un género
que no le favoreció mucho, según algunos intelectuales,
por eso escribía crónicas, cuentos y ensayos.
Con el tiempo y la llegada de la madurez fue que decidió
expresar sus pensamientos de una forma sistemática
y se dio la tarea de escribir ensayos y estudios sobre los
temas que más le interesaban, centrándose sobre
todo en los factores sociales como el hambre, la ignorancia
y la pobreza.
Precisamente estos fueron los temas que cimentaron la creación
de su obra más famosa El Mínimum Vital.
Muchas personas compartían sus ideas, pero no querían
apoyarlo porque consideraban que él era un inadaptado,
mientras otro grupo consideró que las ideas de Masferrer
eran equivocadas y lo miraban con lástima.
Incluso algunas personas lo llamaron comunista
después de la publicación de su libro el
mínimum Vital, enfatizando que su persona estaba
en contra de las ideas del gobierno de esa época.
En cambio las personas que lo apoyaban eran en su mayoría
intelectuales, entre la gente que admiraban su pensamiento
estaban Claudia Lars que consideraba a Masferrer como maestro
y director de multitudes; Miguel Ángel Espino
opinaba que el ensayista fue el apóstol de la
armonía social en El Salvador.
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| En todo momento el filósofo
Alberto Masferrer Mónico mantenía una estrecha
unión con el pensamiento. |
Salarrué reconocía que estaba influenciado
por él: La atracción que este gran espíritu
ejerce sobre mí es enorme.
La base de su pensamiento fue llamada vitalismo
y consiste en que todos los individuos tienen derecho a un
mínimo de vida en todas las necesidades básicas
de la existencia: vivienda, alimentación, trabajo y
educación. Sin embargo, a pesar de que sus ideas eran
de carácter popular, también tenía detractores
dentro de los sectores de izquierda.
Roque Dalton escribió un artículo en contra
de él, en el que lo insultaba llamándole Viejoe
mierda. Lo acusaba de aguado y maricón,
por no ser un radical marxista, algo que Masferrer nunca fue.
Por la paz
Además de laborar como pensador, donde no resultó
muy comprendido, Masferrer también laboró como
cónsul, representando a El Salvador en San José,
Costa Rica, y Bélgica. También viajó
por todos los países de Centroamérica, Chile,
Nueva York y Europa.
El tenía la idea de la resistencia pacífica
ante los problemas sociales, algo que compartió con
el líder hindú Mahatma Gandhi, aunque Masferrer
la quiso emplear nueve años antes que Gandhi.
Al final de sus días, en 1932 y ante la amenaza de
la rebelión campesina, Masferrer temió por su
vida y abandonó el país.
Después de querer encontrar soluciones a los problemas
de El Salvador a su manera, buscar reformas legales a las
injusticias y ser considerado comunista se autoexpatrió.
Murió en soledad el 8 de septiembre de 1932, dejando
como herencia a El Salvador su obra que comenzó a ser
estudiada de manera sistemática por los centros educativo
años después de su muerte.
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La Calle de la Muerte
(Fragmento)
Los domingos, desde muy de mañana
y todo el día, la vida enlaza esos tres antros
en que el vicio, el crimen y el dolor se funden en una
trinidad fatídica. Desde las siete de la mañana
comienzan a pasar, viniendo del Volcán, labriegos
jóvenes y viejos. Vienen a divertirse. Han trabajado
toda la semana, curvados sobre el suelo, sembrando,
arando o escarbando, para que el maíz, el arroz,
el frijol y el plátano colmen nuestra mesa; para
que las flores más bellas adornen nuestros búcaros;
para que la leche y los huevos nos conforten y nutran;
para que la vida, en toda forma, descienda de allá
arriba, y venga, en ondas de salud y alegría,
a reavivar las fuerzas decaídas de los que penamos
y pecamos en la ciudad.
Han trabajado toda la semana esos labriegos, ellos y
sus mujeres y sus hijos. Mientras ellos escardan o desmontan,
la mujer y las hijas mayores lavan, remiendan y aplanchan,
muelen y cocinan, vienen diariamente al mercado a vender
flores y legumbres, y a llevar provisiones y medicinas:
cosen la enagua y la camisa; cuidan de las gallinas
y de los cerdos: atienden al enfermo; van al no lejano,
a traer el cántaro de agua para los menesteres
urgentes. Ya noche, cansadas, fatigadas, caen pesadamente
sobre el camastro o el tapesco, y duermen como troncos
-si no hay niño pequeño que las desvele-,
hasta que Venus, el apacible Nixtamalero, comienza a
desvanecerse ante los blancores del alba.
Tomado del libro El Dinero Maldito y otros de
Alberto Masferrer. Canoa Editores, 1993
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Maestro de alegría
Nació
en Alegría en 1868; murió en Tegucigalpa,
Honduras, en 1932. Periodista, pensador y maestro. Fue
director del periódico Patria de
1928 a 1930.
También se destacó como ideólogo
y director de la campaña presidencial que llevó
al poder al ingeniero Arturo Araujo en 1930, ese mismo
año fue elegido como diputado de El Salvador.
Su estilo literario es de primera categoría.
Los críticos han negado que Masferrer fuera un
poeta, aunque incluyera algunos poemas en su libro El
Rosal Deshojado y en publicaciones de su época.
Pero el poema Blasón es reconocido como un bello
poema.
Entre sus obras encontramos:¿Qué debemos
saber?, El mínimum vital, Las siete cuerdas de
la lira, Ensayo sobre el destino, El dinero maldito,
El libro de la vida, Estudios y figuraciones sobre la
vida de Jesús, La misión de América
y Una vida en el cine.
Blasón
Un andrajo de mi vida me queda: se perdió
en misérrimas luchas lo que era fuerza y flor.
Rateros y falsarios hacen explotación
de mi luz, de mi anhelo, de mi fe y mi valor.
¡Cuánta odiosa mentira serví, sin
querer yo!
¡Cuánto lucro y engaño con mi luz
se amasó!
Porque fui humilde y simple; porque en toda ocasión
creí que quien me hablaba tenía sed de
Dios.
Lo que no profanaron los demás, lo mejor
que me dio el Destino, eso lo manché yo;
porque siempre fui débil, inestable, y porque
soy
tal vez un pobre loco que enloqueció el fervor...
Y entre el diablo y el mundo hicieron de mi sol,
en vez de luz, tinieblas; en vez de paz, dolor.
Mas yo no culpo a nadie de mis caídas, no;
ni me inquieta un instante mi justificación:
si por necio o por débil mi vida fracasó
y en mi jardín florecen el mal y el error,
inútil ya sería saber si he sido yo
el culpable o la víctima de una maquinación.
Si el fruto está podrido, es que el gusano halló
en él propicio ambiente para su corrupción.
¿Fue la obra de un demonio, del azar o de un
Dios?
Es igual... No revive la flor que se agostó.
Ahora con los harapos de mi fe y mi valor
y lo que todavía me resta de ilusión,
he de alzar un castillo y en él, como blasón,
en un palo de escoba y hecho un sucio jirón,
haré flamear al viento mi enfermo corazón.
Y en ese vil andrajo que será mi perdón
escribiré con sangre, menosprecio y rencor
este emblema del hombre que es su propio señor:
Para juzgarme, nadie; para acusarme, yo.
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