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Alcohol, culpable de homicidio

Dos niños fueron asesinados a manos de un hombre en aparente estado de ebriedad, que también hirió de gravedad a su propio padre y a una menor sin motivo.

Morazán
Mauricio Vallejo
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com
Los dos niños fueron velados en casa de su tío porque necesitaban más espacio por la gente que llegaría. Foto: Diario de Oriente

El caserío Las Mesitas en Cacaopera siempre fue tranquilo. Pero ahí sucedió un crimen en las casas en medio de las laderas, apenas vistas entre los árboles desde la nueva carretera que conduce de Corinto a Cacaopera. Todo un pueblo se conmovió.

Mis compañeros periodistas y yo nos dirigíamos a Cacaopera, creyendo que el doble asesinato había sido ejecutado allí, pero a mitad de camino, observamos a mucha gente que entraba en un barranco.

El fotoperiodista pidió que nos detuviéramos y preguntamos qué pasaba, fue cuando nos dijeron que estaban velando los cuerpos de Mayra Julia y Víctor, dos niños asesinados a machetazos el domingo al mediodía.

Desde tempranas horas del lunes, muchas personas llegaron a la casa de Luis Hernández, tío de Víctor y Mayra Julia. Conocían a los niños y querían darles el pésame a sus padres que en todo momento se mostraban inconsolables.

El diablo


“Se salió el diablo del infierno y entró en Lito (Gabriel Mendez), por eso agarró el corvo y mató a los niños”, decía entre gemidos una anciana, en su intento por consolar a Marta Vásquez, madre de los menores.

El desconsuelo de la mujer la ha dejado tan marcada que no importan los cuatro hijos que aún tiene vivos, una de ellas con heridas de gravedad producidas por Méndez y que aún tiene la incertidumbre si saldrá con vida o no. Esa duda es lo que más la hace entrar en estado de choque.
Justo en el momento en que aparece la gente de Cuatro Visión, es sacada del lugar, rumbo a su casa, donde podrá descansar del alto número de personas que se encuentran en la pequeña casa de bajareque y de las preguntas de los periodistas.

Marta vásquez es consolada por una vecina, pero su tristeza permanecerá por muchos días Foto: Diario de Oriente

En cambio Santos Hernández, padre de las víctimas, logra sacar fuerzas de flaqueza y comenta a las personas lo que sucedió, aunque puede verse en sus ojos que no ha dejado de llorar.

Quizá ese enrojecimiento en los ojos sea sólo una pequeña muestra del dolor de este hombre, a quien le tiemblan las manos y por momentos parece que se desconecta de su alrededor. Lo que intenta es olvidar lo que sucedió, pero es inútil, toda las personas que están allí no dejan de hablar del crimen.

Muchas personas sabían que Gabriel Méndez, un jornalero de 36 años y amigo del tío de las víctimas, era un poco violento y siempre molestaba a los más pequeños.

No era raro encontrarlo ebrio y que algunas veces se excediera en la forma de molestar a sus semejantes. Muchos de sus conocidos afirman que le gustaba puyar a la gente con la punta del machete y, de vez en cuando darles planazos, pero está vez llegó demasiado lejos.

Los vecinos de los niños corrieron a avisarle a la policía, que estaba cerca. Cuando Méndez vio el carropatrulla, se arrojó sobre el vehículo mientras blandía el arma..
Y como un ajusticiamiento divino, el hombre que había cometido esa fechoría murió a tiros.

Pequeña ayuda a familiares

Los ataúdes en los que fueron velados los restos de los niños fueron donados.
- El alcalde de Cacaopera, Elvis Argueta Canales, se tocó el corazón y donó los ataúdes de los niños.
- Santos Hernández no tenía dinero para comprar un ataúd, fue cuando recibió el regalo de parte del alcalde de ayudarle con ellos y con los gastos del entierro.
- La familia intentará olvidar esta pena, pero siempre llevarán en el corazón a sus pequeños.

“Licho se les lanzó como loco, agitando el corvo de un lado a otro y hasta fregó el carro. No quería dejarlos salir, así que los “cuilios” le tiraron balazos. No podían dejarlo, el hombre parecía un loco”
José García, jornalero
“Los niños estaban solos, fue cuando aprovechó el asesino para matarlos. Yo creo que nosotros nos salvamos por la gracia de Dios, a un amigo mío le cortó el ala de un sombrero. Licho estaba bien loco”
Roberto Martínez, jornalero

 

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