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“En el nombre del sagrado corazón…”

Las invocaciones dirigidas a los cuatro puntos cardinales son parte de un ritual más extenso. Fueron un recuerdo de la comunión existente entre el hombre y la naturaleza.

Morazán
Enrique Maldonado
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com
Cultura :El baile de los Negritos fue presentado como una muestra del acervo cultural de Cacaopera.

La ceremonia era un “híbrido” surgido de sumar las tradicionales palabras alusivas y presentaciones artísticas con una invocación cósmica cargada de simbolismos.

En torno a una piedra rectangular de aproximadamente 1 metro por 2 había cuatro cajones forrados con un tejido de yute dispuestos según los rumbos cardinales.

Sobre ellos había vasijas de barro decoradas con figuras zoomorfas. En torno a las columnas, las personas que dirigían la invocación cósmica, incluidos los músicos del grupo Ishyei.

La invocación cósmica es la primera parte de una ceremonia más grande, que no se realizó. Sólo se demarcaron los puntos cardinales, Oriente, Poniente, Norte y Sur (en ese orden).
Luego se procedió a encender el fuego y no tardaron en percibirse los aromas del mirra, el incienso y el estoraque.

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En forma gradual, casi imperceptible, fue cobrando fuerza la melodía interpretada por Los Tres (Juan Carlos Miguel, David Salmerón y Marcos Shonkawakan).

Como si se tratase de una pieza clásica, se puede afirmar que hubo alegros, adagios y andantes, según el ritmo que Shonkawakan marcaba con su tambor de cuero de venado.
Pero no se trataba de algo ensayado previamente. Era una armoniosa improvisación en que la naturaleza dispuso confabularse a favor.

Sinfonías aparte, lo más próximo para definir la pieza es el concepto de música de la nueva era.

El totocuic

Salmerón y Miguel le seguían con sus ocarinas, pitos indios y totocuic. Este último es un pequeño tecomate (de unos 10 cm. de largo) con dos tubos de caña dispuestos en forma de “v”.
A decir de Miguel, la virtud de este instrumento es que con él se puede imitar el canto de unas 20 clases de pájaros.

Y por momentos parecía que se había establecido el diálogo entre las aves y el intérprete del totocuic. Con cada nota arrancada a la vasija musical, los plumíferos “respondían” con sus trinos.
En esa “conversación” no podía faltar la algarabía de las últimas chicharras de la Semana Santa que tocaba fin ese Domingo de Resurrección.

Para complementar el cuadro, los celajes de la danza vespertina de Paikalán (Tata Sol) se fundieron en la armonía del son y los aromas de las resinas inmoladas.

La plataforma rocosa del centro había sido destinada para depositar ofrendas con que se agradecía por la celebración del Encuentro y se pedía por su buena marcha en el nombre del sagrado corazón del fuego, de la tierra, del aire, del agua, del cielo y del centro de la tierra.

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