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Caminantes
Bajo
un sol candente, a la 1:00 de la tarde, caminaban. Se habían
tomado las calles y los automovilistas los veíamos
pasar y seguir a los líderes de la protesta por un
tratado de libre comercio que, de acuerdo con su pensar, no
les traerá ningún beneficio.
Sandra Moreno
Editora
sandra@elsalvador.com
Su apariencia me recordó la de mis abuelos. Altos,
con la piel marcada por la vejez pero también por una
vida nada fácil a la hora de sobrevivir en el campo.
Sus ojos eran inexpresivos, estaban cansados.
Admiré su tesón de lucha, a pesar de que ya
se ganaron el derecho a descansar en una hamaca a la sombra
de una hermoso árbol. Pero bueno, me dije, la vida
sigue y hay que pelear por los derechos perdidos, por las
amenazas del nuevo orden mundial. Ellos lo hacían con
una marcha. ¿Y yo?, me pregunté.
Ahí me dejaron sentada en mi vehículo sin una
respuesta. Por el espejo retrovisor los vi por última
vez, los viejos sombreros y las toallas los protegían
un poco del sol. Caminaban sin ver atrás, era claro
que la respuesta a sus inquietudes y problemas estaba allá,
adelante
Irónicamente, muy lejos de ahí,
pensé, otros decidían realmente a qué
ritmo bailaría el futuro de este país y su gente.
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