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Violeta Prado
Escultora de hondas raíces salvadoreñas

Una centroamericana que encontró en la calidez y belleza de las playas migueleñas, la tranquilidad que la impulsa a elaborar sólidas esculturas de hombres y mujeres que nos enseñan, desde un reposado sueño, la belleza de la figura humana

San miguel
Lya Ayala
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com

El marmil reconstruido es el material con el que violeta trabaja sus bellas esculturas, figuras desnudas que descansan plácidamente en el suelo.
Foto diario de oriente/ Lizette Moreno

Nunca imaginó que el arte sería el centro de su vida. Violeta Prado, una nicaragüense que vive en El Salvador desde los años sesentas, pinta y esculpe por una vocación férrea de encontrarse a sí misma.
Provenir de una familia de empresarios e industriales puede haberle facilitado el dedicarse a la pintura sin mayores obstáculos, pero el arte requiere mucho más que eso.

Violeta opina que “cuando uno quiere algo no necesita tener recursos. Sólo un poco de barro y mucho, mucho trabajo”.

Conversa sentada cómodamente en una silla, envuelta en un vestido tipo indio, sandalias y sobrios detalles de colores en el cuello y las orejas.

La edad que tiene no parece interesarle, ni los tiempos en que ha desarrollado el trabajo que más ama: crear.
Relata su infancia sin mayor problema que situar las vivencias significativas, que la han transformado en una mujer concentrada en lograr sus objetivos.

Violeta no se afana en señalar los triunfos que la han convertido en una talentosa escultora, sino que cuenta la mágica relación que ha logrado con los pinceles, los lienzos, el barro, el mármol en un país que considera suyo desde hace mucho.

Para ella, “el arte es una aventura, y exponer es más todavía, porque lo hago con el corazón. En ese momento no pienso en la venta que lograré”.

Un sentimiento


Es extraordinario, cuando uno mira lo que hace convertido en un sentimiento maravilloso, asegura con respecto al momento de la creación, de la lucha y placidez de haber encontrado la expresión de la realidad de uno mismo, a través de los objetos.

En el caso de Violeta, una escultura de la figura de una mujer joven de tamaño natural sobre el piso de madera de la sala de exposiciones del Patronato Pro-Patrimonio Cultural, en San Salvador, lo dice todo.

¿Por qué la figura femenina?, la increpo.

“Bueno —dice en tono serio— la figura de la mujer es más delicada, se presta a líneas más finas que las del hombre”. Sin embargo, la figura masculina también pone de manifiesto el talento de la artista.
“El desnudo es lo más difícil de realizar y hacerlo bien es un gran logro”, asegura.

Varias pequeñas esculturas de figuras masculinas acompañan las bellas formas del cuerpo de la mujer, que parecen observar sin ningún pudor o temor a los constantes observadores que llegan a la sala.

“Le dedico seis meses a la pintura y seis meses a la escultura, eso me permite estar ocupada todo el año preparando mi trabajo”, comenta mientras se acerca despacio, y me propina un pequeño golpe en el brazo izquierdo. “Es un zancudo”, me dice y soríe.

Parte de la exposición, la más grande que ha presentado hasta el momento, incluye pinturas marinas.
“Estas son las que hago en la playa El Cuco, en San Miguel. Cuando quiero pintar me dirijo a ese lugar, que tiene magia”.

Y quizá sí. Un cuadro está colocado debajo de mi cabeza, lo observo por un momento y cierta luz del horizonte de El Cuco deleita mi pupila.

Violeta considera que la pintura le ofrece un momento de descanso, por eso viaja a distintos lugares de la costa salvadoreña a buscar playas de arena suave y extraordinarias puestas de sol.

Batik

“Recuerdo que empecé trabajando con el batik, que es una técnica javanesa que consiste en la interposición de colores, del más claro al más oscuro, fijándolos con cera. Es sumamente interesante, pasé años haciéndolo”, dice.

El primer traspié fue querer exponer los trabajos que hacía en batik, que sólo eran aceptados en ropa o accesorios y no en cuadros formales.
Hace quince años las salas de exposición se negaron a aceptar sus cuadros de cera. Por eso decidió estudiar pintura.

La ilusionaron primero el óleo y el dibujo, en el Centro Nacional de Arte (CENAR).
La historia de la escultura es otra, más amorosa y discreta. La artista se dirigía a recibir sus clases de pintura en uno de los talleres, cuando de pronto, en uno de los pasillos del CENAR la atrajó una habitación llena de figuras a medio hacer, pedazos de yeso descolorido y barro oscuro dejado en el suelo al azar.

Entró observándolo todo, emocionada de la atmósfera que presentía llegaría a formar parte de su vida con extrañas repercusiones.

“Nunca más regrese al taller de pintura, me quedé ahí en el salón de escultura durante cuatro años, día y noche, trabajando el barro sin descanso”. Ese barro fantástico que abunda en cualquier de El Salvador.

“A los artistas les hace falta un poco de humildad. Uno debe estar abierto al aprendizaje que todas las personas nos ofrecen ”

“Las exposiciones son una aventura. Lo hago con el corazón, no pienso en lo que voy a vender porque es un reto cuando está hecho”

 

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