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Bajo
el piso de Catedral con Monseñor Óscar Romero
Un
24 de marzo, hace 23 años, asesinaron al migueleño
Oscar Arnulfo Romero. Su tumba en la Catedral capitalina se
convirtió en un sitio de peregrinación
Sandra Moreno
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com
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Una mujer observa
una figura pintada de monseñor Romero que fue
puesta detrás de su tumba en la Catedral de San
Salvador, donde se congregaron por el 23 aniversario
de su muerte.
Foto diario de oriente/ Jorge
Reyes
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Las afueras de Catedral son por antonomasia la vida urbana
en su máxima expresión. Tráfico intenso,
pitos de buses, vehículos, microbuses y el ir y venir
de cientos de personas por las calles, ese mundanal ruido
que lleva las vibras más profundas de la capital salvadoreña
acompañan al que llega al templo preguntando por la
tumba de Monseñor Romero.
Si usted se pone al frente de Catedral, le indicarán
que por el costado derecho encontrará el portón
de hierro y luego las dos enormes puertas de madera que habilitan
hacia el área, bajo el piso de la iglesia, donde se
encuentra la tumba de Monseñor.
Ahí un enorme póster de la Carmelitas Misioneras
de Santa Teresa que celebran su centenario fundacional. Una
cruz, cuatro palomas, tres estrellas se funden en el aviso.
¿Aquí es para entrar a ver a Monseñor?
me inquiere una mujer.
Sí digo y espero no equivocarme, mientras
voy sobre sus pasos.
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Lea además
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La
gente lo hizo santo
El
proceso institucional para canonizar a Monseñor
Oscar Arnulfo Romero sigue, pero el pueblo, retomando
los orígenes de la Iglesia Católica, ya
lo declaró santo
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Una foto de Monseñor me indica que voy por buen camino:
Santo, pastor y profeta, tiene como leyenda. A la izquierda,
un lavandero de cemento y muy cerca un juego de escobas y
trapeadores; unos retablos con los reyes Magos que debieron
ser usados en alguna actividad en Navidad o formaron parte
del nacimiento de Catedral.
Al otro lado, un rótulo con los horarios de visita.
De lunes a sábado, mañana: 10 a.m. a 11 a.m.
y en la tarde, de 3:00 p.m. a 4:00 p.m. Los domingos, de 8:00
a.m. a 5:00 p.m.. Estoy en buena hora pienso y bajo las gradas
que me llevan a un espacioso salón, La verdad
les hará libre. Jn.8,32, leo en la pared.
La mujer que iba delante de mí está hincada
frente a la tumba de Monseñor, que se encuentra rodeada
de flores plásticas y de verdad. Hay desde las flores
más sencillas que uno corta en el campo hasta rosas
de las más caras en las floristerías. Las velas
encendidas entre ellas no ayuda a mantener su frescura, su
olores se han mezclado y golpean al visitante con un aroma
dulzón condimentado con el del mirto.
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Es común ver
a religiosas y personas particulares rezando ante los
restos de Monseñor Romero, pues lo consideran
un santo.
Fotos diario de oriente/ Mauricio
Caceres
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Son las ofrendas que la gente dejó en la tumba el
día anterior, el 24 de marzo, cuando se recordó
el asesinato de Monseñor Romero hace 23 años.
La mujer que me ha precedido se levanta y se va a sentar a
las bancas dispuestas a un costado de la tumba.
¿Por qué ha venido? le pregunto.
Mi corazón me dijo andá me responde
y continua hablando: tengo fe en este hombre por lo
que hizo, él está vivo entre nosotros, ve la
injusticia y está pidiendo por nosotros. Su voz la
apagaron materialmente, pero espiritualmente está en
el mundo entero.
¿Cuál es su nombre?, lo necesito para mi nota,
le informo. Ella me mira recelosa y por respuesta obtengo
una explicación que recuerda miedos pasados: Mis
hijos son abogados y me han aconsejado que no dé mi
nombre, porque los puedo comprometer. Mensaje entendido.
Ante de retirarme, da una muestra de confianza: mi nombre
sí le puedo decir, pero sin apellido.
Acepto la propuesta.
Ana María, dice en un susurro. Su mirada
vuela entonces a la tumba de Monseñor y parece quedar
en su foto del religioso y una frase que dijo en su homilía
del 25 de septiembre de 1977, Me glorío de estar
en medio de mi pueblo y sentir el cariño de esa gente.
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