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Rancho Migueleño, pago al sacrificio

Dejó las áridas tierras de Morazán y se fue en busca de fortuna hacia Estados Unidos. En Washington trabajó en lo que pudo hasta convertirse en el dueño de dos restaurantes

Francisco Ayala Silva
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com

Muchos oriundos de la zona orientan han dejado sus tierras para ir en busca del “sueño americano”. Tras años de sacrificios se han convertido en dueños de prósperas empresas.
Foto diario de oriente/ archivo

Óscar Amaya no olvidará el día en que llegó a Estados Unidos: 18 de agosto de 1984. “Esa fecha es como mi segundo cumpleaños”. Había llegado de El Salvador en plena guerra, sin documentos, y por tierra.

Llegó a Washington D.C., la capital estadounidense, e inmediatamente comenzó a trabajar. Su primer salario fue para pagar su deuda con el coyote que lo guió a través de la frontera.

Óscar Amaya lavó platos, trabajó en la construcción y trabajar es todo lo que ha hecho desde entonces. En 1987, comenzó a laborar en DSI Building Services, una empresa demoledora. Dentro de esa compañía comenzó a crecer, trabajando hasta 18 horas diarias.

Recuerda que “a veces dormía en mi trabajo”.
Esa hiperactividad lo ha llevado a ser Administrador General de la empresa. “Ahora soy el segundo después del dueño”, dice. Con sus ahorros, en 2000 abrió “El Rancho Migueleño”, en Arlington, norte de Virginia. Desde el mes pasado es propietario de otro restaurante, “El Rancho Migueleño 2”, en Lee Highway.
Asimismo, Oscar Amaya es uno de los principales patrocinadores de las ligas locales de fútbol y un apoyo a las causas nobles.

El sabor del riesgo

“El valor es la mitad de la vida”, parece ser el norte de Óscar Amaya.

Nació el 18 de diciembre de 1962 en Meanguera, Morazán. Creció en una zona rural y completó una secundaria especializada en agricultura en San Francisco Gotera, departamento de Morazán.

Hizo labor administrativa en las fuerzas armadas salvadoreñas, hasta que la guerra civil alcanzó niveles inauditos de barbarie. “Siempre he rechazado todo lo que es violencia y brutalidad”, asegura. Entonces decidió emigrar, por tierra y sin documentos, como hicieron millares de sus compatriotas.

Ahora, Oscar Amaya tiene un puesto administrativo, trabaja de corbata, porta un teléfono celular y apoya las causas humanas como equipos de futbol porque “son una alternativa a las drogas”. El fue miembro del equipo que construyó dos centenares de casas en El Salvador, luego de los terremotos de enero y febrero de 2001.

Desde “El Rancho Migueleño”, Oscar Manuel Amaya ofrece comida salvadoreña y peruana, para complacer a los dos grupos latinoamericanos más numerosos del norte de Virginia.

La cocinera, Irma Saravia, es también del oriente salvadoreño. Los platos son sumamente económicos, con el sabor que sólo tiene la cocina latinoamericana.

¿Proyectos nuevos? “Sólo quiero ayudar a la gente”, asegura luego de 16 años en Estados Unidos en los que pasó de la pobreza a la comodidad. “Si un brujo me hubiera predicho mi futuro, no se lo habría creído”, finaliza.

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