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Viviendo con la música en el corazón

La sencillez es su principal encanto. Ha viajado, recibido premios y tocado las piezas musicales más bellas. Sin embargo, cuando conversa sobre sus abuelos y su infancia, sus ojos se llenan de alegría: recuerda la felicidad de haber encontrado la música.

USULUTÁN
Lya Ayala
Diario de Oriente

diariodeoriente@elsalvador.com

Alba MÁRQUEZ DE bAUTISTA, chelista de la Orquesta Sinfónica de El Salvador, acompañada de su hija Sofía, de 7 años. Foto EDH

Entrar al mundo de Alba Márquez de Bautista, chelista de la Orquesta Sinfónica de El Salvador, es encontrarse con una mujer llena de una delicada fascinación por la música.

Uno de los rasgos de personalidad, que denota cuando habla de su vida es la sencillez. Delgada, de cabello corto y baja estatura, uno se imagina a una estudiante de secundaria o a una maestra de parvularia, en quien la sonrisa de los infantes que conviven con ella, la han vuelto una extensión de ellos.

“No es que haya optado estudiar música por decisión propia, a los siete años uno no sabe lo que quiere (ríe). Según parece, mi abuelo tocaba mandolina al oído. Mis padres no fueron músicos. En 1973, que comencé a quedarme con mis abuelos coincidió con la jubilación de ellos. Papá Manuel y mamá Minés vieron un anuncio en el diario que iban a dar clases de música para niños y, bueno, el lugar estaba cerca de la casa y ellos me inscribieron. Fueron mis abuelos los de la idea”, cuenta Alba.

Alba nació en la ciudad de Usulután, pero su familia se traslado a San Salvador en 1969. Su madre, Josefina Pineda de Márquez, maestra y escritora; y su padre, Mauro Márquez, contador y pintor, llevaban desde la mañana a la niña a la casa de los queridos abuelos.

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“Aprendí mañas con papá Manuel y mamá Minés: ¡a los ocho años miraba novelas y las comentaba con ellos como si tal!”, relata divertida.

Y ahí comenzaron las horas de ensayo y estudio, conviviendo con sus abuelos. Cuando éstos decidieron inscribirla en las clases de música, una de las condiciones es que un adulto debía supervisarla. Mamá Minés, ejecutaba pequeñas piezas en el violonchelo. Esta feliz circunstancia terminó de definir su futuro.

“Ella (su abuela) se volvió otra alumna más. Aprendió a la par mía”.

La disciplina

A esa corta edad, un horario de 3:40 a 4:30 de la tarde, con un corto receso de 20 minutos, para continuar con la siguiente clase de 5:10 a 6:00 de la tarde, le formó un carácter disciplinado. Elemento indispensable para dedicarse a la música. El gusto por los ensayos la fue ganando.
“Nosotros llevábamos nuestros cuadernos a la clase de música... recuerdo que mis compañeras y yo las hacíamos en los ratitos que nos quedaban libres”.

Sin embargo, el destino es caprichoso y la juventud la atrajo al deporte y al estudio.
“Sucede que mis notas bajaron mucho cuando llegué al octavo grado, académicamente no andaba muy bien. Tuve un serio conflicto. Me gustaba la música y, además, el deporte”, recuerda.
En 1979, se retiró de la escuela de música. No hizo más deporte. Ese año terminó el bachillerato en humanidades.

La decisión inevitable se impuso. ¿Qué iba a hacer ahora? Alba deseaba ingresar a la universidad a estudiar literatura. Sin embargo, fue una amiga, una buena amiga, dice la chelista, que le devolvió los recuerdos de la bella música del chelo. “En ese momento me tocaron una tecla. ¿Cómo sabe esta persona que debo dedicarme a la música?, fue así: yo no me daba cuenta que cuando hablaba cambiaba de semblante. No me sentía bien, porque me había quedado a medias. Algo así como el equivalente al kinder” .

Cuando decidió reanudar los estudios musicales, en 1983, consideraron que era mayor, había cumplido 17 años. Fue difícil, tenía que dejarlo todo para empezar la Escuela Libre, un equivalente al bachillerato en artes, en el Centro Nacional de Artes (CENAR). Sus profesores en la escuela de música eran integrantes de la Orquesta Sinfónica.

Uno de estos profesores, Rolando Chacón Paisa, la impulsó a audicionar en la orquesta.
Curiosamente, Rolando, músico retirado en la actualidad, había sido su profesor de música a los ocho años. “La primera impresión fue de horror cuando llegué a realizar la prueba. Aunque tocaba un poco, no es lo mismo cuando le piden a uno que ejecute una obra. Leerla “a primera vista” es complicado”, entorna los ojos recordando.

Audicionó por primera vez a mediados del 1985, apenas dos años después de haber retomado las clases de chelo. Lo intentó de nuevo en 1986, siempre a instancias de su maestro de música. En esa oportunidad la obra que debía ejecutar era rápida, el nerviosismo pudo más, y tocó el chelo con tal velocidad que casi atropellaba las notas.

La inexperiencia fue recibida con sonrisas por los músicos más veteranos, que escuchaban atentos a la aspirante.

El resultado de tantos años de esfuerzo y trabajo había dado resultado. En julio de 1986 una silla de los chelistas de la Orquesta Sinfónica estaba ocupaba por Alba.
Desde hace 17 años ejecuta piezas de Tchaikovski, Bach y Beethoven, sus preferidas. Ha viajado el mundo, difundiendo su amor y pasión por el chelo.


La música en la sangre
El esfuerzo y la disciplina, acompañados de una sencillez a toda prueba son los elementos que forman su vida.
- Comenzó a estudiar el chelo a los siete años, con el método Suzuky.
- A los 17 años ingresó a la Escuela Nacional de Arte a seguir clases de chelo.
- En 1986 audicionó para una plaza entre los chelistas de la Orquesta Sinfónica Nacional.
- En 1987 participó en el Festival de música “Pablo Casal”, en Puerto Rico.

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