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Museo winakirika
Relato de la cultura winaka

La historia de los primeros pobladores de Cacaopera, en Morazán, parece perderse en el laberíntico y ondulado trazado de vías de la población; sin embargo, la comunidad indígena ha abierto una ventana en el tiempo que permite a los visitantes sumergirse en el pasado: el museo Winakirika.

Morazán
Enrique Maldonado
Diario de Oriente

Objetos de incalculable valor forman parte de la colección exhibida en el museo Kakawira. Un paseo por el tiempo para apreciar la riqueza histórica de Cacaopera.
Fotos diario de oriente/lissettelemus

Desde este portal del tiempo es posible apreciar pinceladas de la memoria popular, arqueológica e histórica de los winakas en El Salvador. Esos tres aspectos corresponden a sendas salas del museo.

El museo se fundó el 15 de enero de 1992, por iniciativa de Miguel Ángel Amaya (actual director), Mario de Jesús Molina y Wilber Ernesto Argueta. Los tres son parte de la comunidad indígena kakawira.

Amaya explica que “es un museo comunitario y pertenece a la Red de Museos de América, organización con sede en Oaxaca, México”. No obstante, mantiene relación con Concul-tura. “Nos dieron capacitación sobre montaje de museos”, explica Amaya.

Para Amaya, “Cacaopera tiene potencial arqueológico y étnico”. Por eso el museo representa un baluarte de la identidad indígena winaka y es un santuario de la misma.

Historia a gotas

Con los elementos que componen la muestra, en el Winakirika se cuenta la historia de los primeros asentamientos de los cacaoperas, los sitios sagrados y su relación con los colonizadores.

Esos retazos del pasado ayudan a preservar la memoria histórica de un pueblo que llegó desde Nicaragua y tuvo gran influencia de los asentamientos mayas en Copán, Honduras. Por los orígenes, se suele confundir los kakawira con los ulúas. Amaya explica que “son afines”, pero corresponden a etnias diferentes.

El andamiaje histórico construido en el museo tiene su complemento con la Escuela Kalanubita, la “casa en la que se enseña la cultura kakawira”. Ahí se enseñan aspectos como el idioma o el significado de las danzas de los emplumados y los negritos. También se imparte formación sobre cultura general y se da a conocer la espiritualidad indígena.

Aunque Kalanubita “es un programa de apoyo a la escuela formal” y la toma de conciencia el voluntaria, ocurre “un choque fuerte entre los asistentes por la espiritualidad y prácticas de identidad”, sostiene Amaya.

La mayoría de los alumnos son indígenas residentes en los cantones Estancia, Agua Blanca, Guachipilín y Calavera, todos de la jurisdicción de Cacaopera. Según explicó Amaya, éstos tienen la mayor tipificación de indígenas maya kakawira. Considera que en total suman alrededor de 13 mil personas.

A pesar del choque entre lo occidental y lo indígena, de la escuela han salido promotores que se dedican a difundir la identidad kakawira en las comunidades del municipio. También ha formado cuatro ‘misilanes’ -Amaya es uno de ellos- o servidores de la espiri-tualidad maya kakawira.
La función primordial de los ‘servidores’ es dirigir las ceremonias, dar orientación y desarrollar una labor educativa.

Comunidad activa

Serán los misilanes quienes encabecen, del 20 al 22 de este mes, una caminata espiritual que lleva por fin “armonizar con la naturaleza”. Durante el recorrido visitarán los altares ceremoniales Yarrawalaje, hacienda Agua Blanca y Sunkuan.

En este último habrá un acto especial para reactivarlo, pues allí “no se hacen ceremonias desde la invasión (de los españoles)”, dijo Amaya.

La caminata es también parte de la celebración de la fiesta de la luz o nacimiento de Jesús.
Del 23 al 25, en los altares Agua Blanca y Sunsulaka celebrarán el wajxaquiij b’atz’, que “es el equivalente a la cuenta del calendario sagrado (maya kakawira) de 260 días”. Lo que se hace en la ceremonia es “honrar a un solo dios, Icekotan”.

De todo lo descrito por Amaya es fácil imaginar el ambiente ceremonioso de sus rituales. Pero para los ladinos no queda más recurso que echar mano de la imaginación, ya que en los ‘festejos’ kakawiras no se admite a nadie ajeno a la comunidad.

Es su manera de preservar una identidad que les fue arrebatada y distorsionada varios siglos atrás.


Ceremonias kakawiras

Inician con la marcación de los rumbos cósmicos con azúcar, sobre la que se coloca el material ceremonial: cacao, incienso, ocote y estoraque, entre otros

En dirección a cada rumbo cósmico se ponen velas de colores. Al oriente, las rojas; al poniente, negras; al norte, las blancas, y al sur, las amarillas

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