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Nueve días en la nada
Historia de los dos náufragos de Conchagua

El tercer fin de semana de noviembre estuvo marcado por los fuertes vientos que azotaron Oriente. Miles de personas se vieron afectadas por cortes de luz y de agua. Cada quien tendrá su propia historia de lo ocurrido durante esos días, pero los pequeños dramas personales se quedan en meras anécdotas comparados con lo vivido por Carlos y Nelson, los pescadores de Conchagua que pasaron nueve días, sin agua ni alimentos, en medio de la nada.

Flor Lazo / Roberto Valencia
Diario de Oriente
diariodeoriente@elsalvador.com

Ilustración juan josé lópez

El genial escritor colombiano Gabriel García Márquez escribió en el prólogo de su obra ‘Relato de un náufrago’ que “por fortuna, hay libros que no son de quien los escribe, sino de quien los sufre”.

La frase ilustra a la perfección el espíritu de esta crónica realizada por Diario de Oriente con la idea de reconstruir de manera fiel las vivencias de Carlos Antonio Reyes y José Nel-son Reyes, los dos conchagüenses que aparecieron en Guatemala nueve días después de haberse perdido en el golfo de Fonseca.

Todo comenzó la madrugada del domingo 17 de noviembre. Carlos y Nelson, unidos por su parentesco y por la obligación de extraer del mar su subsistencia, habían decidido salir, como de costumbre, a pescar. La necesidad pudo más que los fuertes vientos que agitaban violentamente los árboles del cantón en el que residen.

Ese mismo vendaval sería también el responsable de la avería en el motor fueraborda que los condenó a vagar a la deriva durante nueve largos e interminables días. La supervivencia de los dos protagonistas sólo puede ser entendida como una historia de coraje y amor por la vida.

Maltrechos, pero vivos

Tal y como dieron a conocer los medios de comunicación, los dos pescadores lograron sobrevivir. El mayor de los dos, Carlos Antonio Reyes, aún estaba convaleciente cuando accedió a reconstruir los he-chos. Las secuelas de la larga exposición al sol y de la ingesta de agua salada aún eran visibles varios días después.

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Como a todo buen ‘lobo de mar’, los 30 años de experiencia de Carlos Antonio le indicaban que los vientos que soplaban aquella madrugada llevarían a las redes una buena cantidad de peces y camarones.



José Nelson fue más afortunado. Sólo la extrema delgadez y las ampollas en sus brazos denotaban el calvario que había vivido en alta mar. Es probable que su corta edad le ayudara a sobrellevar el trago de encontrarse a merced del mar.

Pese al diferente trato que les dio el mar, los dos coinciden en agradecer a Dios que “nos haya dado una segunda oportunidad de vida”. No es para menos. Cuando ya todos buscaban sus cadáveres, después de infructuosas jornadas de patrullajes marítimos comandados por familiares y amigos, surgieron de la nada.

El mismo mar que quiso devorarlos para siempre se apiadó, y los devolvió sin lesiones de importancia a sus familias. Por eso ellos hablan de “retorno a la vida”.


La barca
‘El Cazador’, como había sido bautizada la barca que los acompañó en su travesía, estaba recién estrenado.

Medía unas 12 varas de eslora (unos seis metros longitud), y su diseño le permitía navegar en alta mar
- El día del naufragio, la embarcación se hizo a la mar equipada con un viejo motor fueraborda que su propietario Marcelo Escobar había alquilado para la ocasión

- Nelson y Carlos tallaron en el interior de la lancha sus nombres y la fecha en la que se extraviaron en el mar
- Cuando los náufragos fueron rescatados tuvieron que abandonar la embarcación que los mantuvo a salvo durante nueve días y dejarla a merced del oleaje

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