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Giganta
de jocoro
Casi un siglo... y tan joven
Entre
las aguas termales del río Agua Caliente se esconde
una cueva a la que se le atribuye la leyenda de un sacerdote,
que, según algunos lugareños, maldijo el pueblo
sonsonateco de Caluco.
Morazán
Flor Lazo
Diario de Oriente
diariodeoccidente@elsalvador.com
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la giganta celebrará su
primer siglo de existencia en 2008. Surgió
a raíz de una creencia popular que, poco a
poco, se sumó al folklore de Jocoro.
Foto diario de oriente/ flor lazo
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Las calles de Jocoro aún guardan el encanto de antaño.
Quienes las visitan aún pueden contemplar a los pobladores
del lugar desplazarse a ca-ballo o en carreta, o admirar las
casas antiguas que conservan los balcones forjados y techos
de teja.
Este tranquilo pueblo fue el lugar elegido para nacer
por uno de los personaje salvadoreño más reconocidos:
la Gi-ganta. No es de extrañar que sus pobladores estén
orgullosos de esta tradición que se ha perpetuado de
generación en generación.
La Giganta de Jocoro es la consentida en los desfiles de las
fiestas patronales de todo el país. Con su enorme cuerpo
de tres metros de alto, que se bambolea al compás de
la música, y siempre engalanada con vestidos multicolores,
este personaje se encarga de repartir alegría a su
paso.
Se trata de una figura mitológica que nació,
hace casi un siglo de una creencia popular. Poco a poco, se
transformó en parte del folklore local y no tardó
en dar un salto cualitativo para convertirse en una personalidad
tan famosa como El Cipitío o la Siguanaba.
La versión más aceptada entre sus admiradores
cuenta que en los albores del pasado siglo (en 1908 para ser
exactos), en un remoto lugar del cantón San José
de Jocoro, se encontró la osamenta de un ser humano
que media casi tres metros. Desde entonces los lugareños
llamaron a ese sitio desvío El Gigante.
El extraño hallazgo llegó a oídos del
alcalde de esa época, a quien inmediatamente se le
ocurrió hacer algo provechoso con el rumor y decidió
que cuando se celebraran las fiestas patronales del pueblo,
un nuevo personaje se encargaría de desfilar por las
principales calles.
Para concretar su idea, el edil solicitó la ayuda de
uno de los artesanos del lugar que construyó la primera
máscara de madera, con fisonomía de mujer, que
unida a una armazón de tres metros y una colorida vestimenta
dieron vida a la primera Giganta de Jocoro.
De ahí en adelante, esta figura recorrió las
vías del pueblo cada tres de enero, siempre acompañada
de los niños que bailaban y correteaban a su alrededor.
A mediados del siglo pasado la fama de La Gigantona logró
traspasar los límites del pueblo que le dio vida para
convertirse en una de las figuras principales en los desfiles
de fiestas patronales.
En la actualidad, la famosa figura es manejada por Demetrio
Lazo y su familia. Este hombre de 72 años recibió
el encargo como una herencia de su suegro, quien fue el responsable
de mantenerla durante casi medio siglo. Don Neftalí
Hernández me dijo que ahora yo tenía el compromiso
de no dejar que esta tradición se perdiera, narra
con voz pausada.
Demetrio Lazo afirma que con su querida Gigantona
ha visitado casi todos los pueblos de El Salvador y ha sido
testigo de diversos acontecimientos que ya forman parte de
la historia nacional.
El septuagenario recuerda que durante la guerra, allá
por los 80, nos llamaron para que amenizáramos las
fiestas patronales de Anamorós. En uno de los cerros
que rodea el pueblo estaban los grupos guerrilleros y en otro
estaba el ejercito, al final todos se juntaron en la plaza
para bailar con la Gigantona.
Por ahora, La Giganta de Jocoro tiene una apretada agenda
que la obliga a tener varias dobles, una corte de enmascarados
y un conjunto musical que la acompañan a todas las
celebraciones y fiestas patronales que solicitan su presencia.
Según la persona que vela por este personaje, el futuro
de esta tradición ya esta asegurado. Su hijo Mario
conoce todo lo necesario para hacerse cargo del manejo de
la figura y poder perpetuar la imagen de una estampa que cumplirá
cien años en el 2008.

El pueblo que vio nacer el mito
el municipio morazaneco de jocoro, situado a tan sólo
15 kilómetros de San Miguel, tiene en la agricultura
y en la ganadería sus principales motores económicos.
las fiestas patronales se celebran durante
los primeros días de enero, y entre sus riquezas
culturales destaca la iglesia de estilo colonial, construida
hace casi un siglo.
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