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Desidia

El equipo humano y técnico que habían contratado pa-ra realizar la obra parecía el adecuado: carpinteros, electricistas, constructores... y un joven arquitecto con ganas de demostrar su talento. Todos ellos, equipados con el instrumental básico para construir el edificio.

Beto Arévalo
librepensador
betoarevalo@elsalvdaor.com

Como era de esperar, el arquitecto fue el que más interés puso. Al fin y al cabo, su nombre era el que grabarían en la placa.

Sin embargo, no pasó mucho tiempo hasta que comenzaron a surgir los primeros problemas. Los carpinteros se las ingeniaron para trabajar lo menos posible. Llegaban todos los días, pero su presencia era casi lo único que aportaban. Afortunadamente, el arquitecto tenía nociones de ebanistería, lo que permitió que la obra no se detuviera.

También se sumaron los fontaneros, pero el buen hacer del arquitecto hizo que apenas se notara su falta. Electricistas, obreros y casi todas las personas contratadas siguieron los mismos pasos. Al final, el arquitecto demostró que podía suplirlos a todos, pero se cansó. Compren-dió que no merecía la pena invertir su vida en una obra que le daba más disgustos que alegrías. Un buen día, agarró sus escasas pertenencias y se marchó.

Fue entonces cuando se dieron cuenta de que la casa se mantenía en pie sólo por su empeño. Pocas semanas después, el edificio se derrumbó.

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