Ahuachapán
Larissa Velásquez
El Diario de Hoy
diariodeoccidente@elsalvador.com
La escuela Las Victorias, a dos kilómetros de la ciudad de Ahuachapán,
está en el cantón El Barro.
En ella, los niños y niñas reciben alimentos que les ayudan
a paliar sus necesidades porque provienen de hogares de escasos recursos
económicos.
Los alimentos son preparados por las madres de familia de la comunidad,
cuyos vástagos estudian en el centro escolar.
En una reunión general, se acordó que una vez al mes cada
progenitora acudiera a ejercer de cocinera: dos por el turno de la mañana
e igual número en la tarde.
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| Los niños esperan con ansias el aviso
de que el refrigerio está listo. Todos quieren saciar las ganas
de comer. Foto EDH |
La directora del centro escolar, Gladis Molina, comunica por medio de
sus hijos el día que les toca llegar.
Además hubo un consenso para que las madres que no pueden llegar
el día asignado, por motivos de trabajo, les paguen a otra madre.
El precio es acordado entre ellas.
La primera recomendación es llegar temprano y tener cuidado con
su aseo personal.
La logística
Previo a la preparación de la comida, la directora habla con las
madres y ven con qué se cuenta ese día para cocinar.
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| De acuerdo CON los expertos, un niño con
hambre tiene serios problemas de aprendizaje. |
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| La construcción del comedor, en la escuela
Las Victorias, facilitó el trabajo a las madres. |
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| Las jefas de familia se organizan para cubrir
los dos turnos y prepara los alimentos de los escolares. |
Los niños llevan algunas verduras, entre otras cosas. Todos colaboran
en la medida de sus posibilidades.
La idea es variar los platillos o inventar recetas, porque si no los estudiantes
se aburren de ver en sus platos lo mismo.
La despensa de la escuela posee, especialmente, arroz, aceite, azúcar
y harina, a base de soya y maíz. Esto es proporcionado por el gobierno
salvadoreño.
Las madres hacen pupusas con frijoles y queso, tortas dulces, pastelitos
con papa y cualquier otra cosa que se les venga a la mente. La consigna
es no desperdiciar nada y a la comunidad educativa se le enseña
que hay que comerse todo.
Desde 1997, Ana Silvia Roque colabora en la cocina. Lo hago con
gusto y de ninguna manera es un sacrificio, ya que es por el bien de mis
hijos, afirma. En un principio, cocinábamos con leña
a un lado de las aulas.
Pero, con el tiempo, se compró la cocina de gas que vino ayudar
mucho. El tiempo de preparación de los alimentos fue menos, porque
antes había que empezar desde muy temprano a juntar el fuego y
teníamos muchos problemas cuando llovía.
Las madres vieron la mejora gracias a la construcción de la cocina
y el pequeño comedor. Todo se ordenó y no andaban cargando
con las cacerolas y los alimentos de un lado a otro.
Solidaridad
María de Lourdes Galicia también opina que todas las madres
deben de ayudar, por el bien de sus hijos y sobre todo porque la
escuela lo necesita, sostuvo la madre, quien ha visto como la institución
ha ido creciendo poco a poco, y espero que siga así.
Actualmente, los comensales suman más de 80 por la mañana
y por la tarde, acude un número mayor. Estos puntualmente exigen
sus alimentos a las 9:00 a.m. y a las 3:00 p.m.
Luego de finalizado el refrigerio, las madres deben dejar
todo lavado y limpio. También hacen la limpieza del lugar para
que las encargadas del turno de la tarde encuentren todo en orden. Estas
repiten la tarea pensando en sus compañeras cocineras matutinas.
Para los niños, la comida es de gran ayuda ya que hay muchos que
no comen lo suficiente en sus casas. Tanta es la ansiedad, que a cada
momento pasan por la cocina preguntando a qué hora van servir.
Henry, de preparatoria, comenta que le gusta mucho comer sobre todo cuando
hacen pastelitos. Sus compañeros, prefieren el fresco. Todos compiten
para ver quién come más o acaba primero.
Al final, lo importante es que el hambre no los distrae a la hora de clases.