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Iván
Cerritos:
El artista debe vivir de su arte
El pintor salvadoreño considera que la pintura es una
forma de vida y debe vivirse con dignidad, como cualquier
otro trabajo. Aunque el medio sea adverso, siempre existe
esperanza para continuar trabajando con los pinceles, la paleta
y los colores.
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| Lo autóctono. Dentro de su
obra existe mucho acercamiento a las raíces indígenas,
para muestra este cuadro sin título. Foto
Cortesia Ivan Cerritos |
Nací a las 5:30 de la tarde, en la mejor hora del
día. Porque es cuando empieza la hora del alma,
contestó el pintor Iván Cerritos, ante mi cuestionamiento
por su fecha de nacimiento.
Este pintor salvadoreño, oriundo de San Salvador, nació
el 31 de mayo de 1978. Aunque no es santaneco de nacimiento,
sí vivió en la Ciudad Morena por mucho tiempo.
Sus padres, Jorge Emilio Cerritos y Ana Mirian Chacón,
nacieron en occidente, su padre en Santa Ana y su madre en Ahuachapán,
y vivieron en Santa Ana durante mucho tiempo, pero ante las
necesidades de superarse se mudaron a San Salvador.
No se crió en un solo lugar, aunque siempre se mudó
cerca del cerro San Jacinto, lugar que recuerda con mucho aprecio,
así como la mayoría del paisaje salvadoreño.
El colorista inició en el mundo de la pintura cuando
prestaba servicios a sus profesores: dibujar en la pizarra y
elaborar carteles, con el tiempo se dio cuenta que esa vocación
podía ser explotada con mejores técnicas.
Su talento lo utilizó para cautivar a las chicas. Cuando
era adolescente les regalaba tarjetas y dibujos a sus compañeras
de estudio o a las muchachas que le gustaban.
Después de dejar su vivienda en Santa Ana, sólo
la visitó en vacaciones.
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Los
murales son parte de mi mundo
El pintor salvadoreño considera que la pintura
es una forma de vida y debe vivirse con dignidad, como
cualquier otro trabajo. Aunque el medio sea adverso,
siempre existe esperanza para continuar trabajando con
los pinceles, la paleta y los colores.
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Huyó a Canadá en 1991 por problemas políticos,
aunque él no estaba involucrado en ellos, sino su progenitor.
Su padre trabajaba en la Universidad de El Salvador y simpatizaba
con los movimientos de izquierda.
Ese mismo año llegaron a Manitoba, una pequeña
provincia de Winnipeg, allí vivieron por cinco años.
El muralista estudió arte en el College Read River Comunity
donde tomó clases de pintura, aunque al principio deseaba
estudiar publicidad e ilustración, pero el deseo de vivir
del arte fue mayor a cualquier otra cosa y estudió de
lleno las diferentes técnicas pictóricas.
Con el tiempo, Cerritos se dio cuenta que era fácil ganar
dinero en ese país, así que se puso a pintar y
vivió tranquilamente en esa nación.
En Canadá se gana pisto hasta de lustrabotas, en
cambio aquí es muy difícil, opina Cerritos,
con mucha tristeza.
En Winnipeg ganó dinero gracias al sinnúmero de
murales que fueron patrocinados por la comunidad de Winnipeg.
Sin experiencia
No tenía experiencia en murales, pero cuando trabajó
en ellos se dio cuenta que era su pasión y desde ese
momento experimentó diversas técnicas hasta que
se quedó con la actual.
Con el dinero que recibió compró un apartamento
en la colonia Zacamil y dos pasajes para regresar a El Salvador,
uno para él y otro para su madre. A ambos les urgía
regresar, tenían nostalgia por su patria, era 1998 y
el Año Nuevo quería recibirlo en tierras cuscatlecas.
Afirma que sabía a lo que venía, estaba seguro
que sería difícil, pero no tanto como resultó
en la realidad: Conocía que sería problemático,
no un paraíso, pero no pensé que sería
el infierno, uno parecido al de Dante, expuso.
Gracias al ahorro logró sobrevivir por un tiempo, pero
después decidió sacrificar su vocación
y dio clases de pintura a jóvenes y adultos mayores,
pero los alumnos escasean mucho y en algunas ocasiones rebajó
el precio de su obra a niveles ínfimos, gracias al hambre
y a las deudas.
Cerritos considera que el artista debe vivir de su arte, aunque
en el país es dificultoso, él tiene esperanzas
de que vivirá pintando murales y que las condiciones
no serán adversas siempre. |
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