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“Pobre es el que no piensa en Dios”

En el parqueo de Agape Centro, por la noche, hay un grupo de ancianos. Están armados de palos y amenazan a los transeúntes, es su forma de defenderse. Llegaron a ser indigentes por esos derroteros que tiene la vida.

Sonsonate
Erika Prado
Diario de Occidente
diariodeoccidente@elsalvador.com
A sus 82 años, Tomás Díaz Fernández, que únicamente ve sombras con sus ojos, tiene por cobijas unos plásticos y de colchón el suelo. Foto: Diario de Occidente/Erika Prado

Eran las 8:30 p.m. Los ancianos estaban envueltos en plásticos, pero al acercarme uno sacó un hierro de medio metro, otro un palo y el tercero, un corvo.

“Nosotros nos cuidamos unos con otros, porque aquí mucho maleante viene a querernos hacer daño y es mejor prevenir que lamentar”, dijo el del corvo. De los seis ancianos, sólo tres quisieron platicar.
Antonio Urbina, de 80 años, tiene cinco de vivir a las riberas del río Julupe, frente al parque de Ágape Centro. Posee dos hijas que están casadas, a las cuales no ve. Viven en San Salvador.

Urbina no pide en la calle, sino que trabaja. “Cuando era joven fui carpintero, y hoy como ya estoy viejo no me dan mucho trabajo, pero siempre encuentro que hacer y conseguir para comer”, dice Urbina, quien vive en una “casa” hecha de cartones, palos y plástico.
Urbina estudió hasta tercer grado. Luego fue patrullero por muchos años, “pero no me dieron nada por eso”, cuenta.

“Cuado mi esposa se murió, mis hijas se fueron. Perdí las ganas de vivir, nunca tuve casa y entonces el padre Flavian Mucci abrió un comedor, y me quedé. Ahí dan comida, pero yo ya no voy, porque me regañaron”, dice.
Este anciano toma su baño en el río, donde también lava su ropa.

Sin envidias


-¿Se considera pobre? -le preguntamos.
-No, pobre es el que no piensa en Dios y reniega de todo lo que no tiene y otros sí. Yo vivo con lo que él me da y soy feliz así, cuando me llegue mi día pensaré que viví por la voluntad de Dios, porque él sabe por qué hace las cosas.
De acuerdo con Urbina, pobres son sus compañeros que no tienen ni como protegerse de la lluvia ni del sol.

Los desechos de otras viviendas se convierten en el techos y las paredes del vagabundo. Foto: Diario de Occidente/Erika Prado

Uno de los aludidos es Tomás Díaz Fernández, de 82 años, quien llegó hace tres años a Sonsonate de Santo Domingo de Guzmán. Buscaba a alguien que lo operara de los ojos, porque estaba perdiendo la vista.

Pero no lo consiguió, “hoy sólo veo sombras”, cuenta. “Cuando regresé a mi casa no encontré a mi familia, así que regresé a este lugar, donde está el comedor de Agape”.

Cerca de él, Juan Rosales, de 73 años, quien perdió la vista en un accidente de tránsito hace cuatro años.

El iba en un bus a trabajar para Acajutla y unos vidrios se le incrustaron en sus ojos al chocar el automotor.

Cuando salió del hospital no sabía dónde ir, entonces un amigo lo llevó cerca del comedor. “No puedo trabajar, hoy pido”, contó.

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- La obra religiosa es para los ancianos indigentes.
- El comedor está en la Segunda Avenida Norte # 7-2, del barrio Mejicanos. Su teléfono es el 450-1423.
- Durante el día, los indigentes se toman los sitios más concurridos de la ciudad de los “cocos” y apelan al buen corazón de las personas para conseguir un par de monedas.
- Luego se congregan para dirigirse al sitio donde pasarán la noche.
- Ahí, están siempre
a la expectativa por un ataque de maleantes que buscarán quitarles sus pocas pertenencias.

 

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