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Santa Ana, “ciudad de las sacerdotisas”

La Ciudad Morena celebra, este 26 de julio, sus 434 años de fundación por el obispo Bernardino de Villalpando.

Claudia Zaldaña
Diario de Occidente
diariodeoccidente@elsalvador.com
Catedral representa la tranquilidad que monseñor Villalpando encontró cuando llegó a esas tierras. Foto: Diario de Occidente/Claudia Zaldaña

Este 26 de julio no sólo se celebra la procesión religiosa en honor a la madre de la Virgen María, Señora Santa Ana, también es el aniversario de fundación de la ciudad: cumple 434 años.

Santa Ana era conocida con el nombre de Cihuatehuacán (“la Ciudad de las Sacerdotisas” o “la Ciudad de las Pitonisas”).

En 1569, el obispo Bernardino de Villalpando llegó a Cihuatehuacán procedente de Guatemala. En la aurora del 26 de julio, el religioso llegó al lugar del que había oído tantos relatos de su clima agradable, su apacibilidad y belleza.

Según los datos de la Monografía de Santa Ana, cuando Villalpando comprobó aquellas cosas, “encontró paz para su espíritu ante las maravillas de la belleza del lugar, de su clima delicioso, propio de la zona montañosa poblada de pájaros y surcada por agradables riachuelos”.

Tanta fue su admiración que decidió establecer su domicilio ahí y decidió darle el nombre de Santa Ana.
Santificó el lugar con la presencia de la imagen de Señora Santa Ana y la nombró Santa Patrona. De aquí que las fiestas patronales se celebren en el mes de julio.

Monseñor Villalpando ordenó a los indios de que construyeran un templo en honor de Santa Ana.
Villalpando murió tres meses después de su llegada.

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El cronista de la época fray Francisco Vásquez relata que “habiéndose acostado su ilustrísima, al parecer sin chaque, por ser más del alma que del cuerpo el que le aquejaba, entrando a la mañana a verle un paje, por extrañar que no hubiese llamado toda la noche, le halló muerto y yerto, medio sentado en la cama, caída la cabeza, y metida entre las dos rodillas, como que hubiera ahogádose, según manifestaba lo salido de los ojos”.

Fue sepultado en la ermita provisional. Posteriormente sus cenizas fueron llevadas a la Catedral metropolitana en 1700.

 

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