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Euforia santaneca

En cada partido, el Quiteño se convierte en la caja de resonancia para los gritos de miles de fasistas que acuden a apoyar a su equipo consentido.

Santa Ana
Claudia Zaldaña
Diario de Occidente
diariodeoccidente@elsalvador.com
La música es la amiga fiel de la turba roja, que no para de sonar durante todo el partido. Foto: Diario de Occidente/Claudia Zaldaña

Domingo, 3:00 de la tarde. En el estadio Óscar Quiteño todo está listo para la disputa de un partido de fútbol. Desde muy temprano los aficionados comienzan a llenar los graderíos.
Las ventas de camisetas, gorras, binchas, llaveros y otros artículos promocionales del equipo tigrillo están por todos lados. Algunos de los asistentes lucen con orgullo divertidos gorros que recuerdan los bufones de la época medieval y camisas de tigres.
El calor aumenta a medida que más y más personas ingresan al lugar, mientras los jugadores de FAS se preparan en los camerinos.

Tres treinta. El partido está a punto de comenzar. Los gritos de la fiesta futbolera comienzan:
¡Dale, dale, dale, dale FAS!, cantan los santanecos al ritmo del bombo y redoblante.
Ya no hay cientos de personas reunidas allí, ya no hay muchos... hay uno solo... los gritos de cientos de aficionados se vuelven uno al apoyar al equipo tigrillo.

Y este clamor se vuelve más intenso al momento del ingreso de los jugadores. Uno a uno los futbolistas entran al terreno de juego y los santanecos les observan como a ídolos del deporte.
Aunque quizá en la escuela no hubo tanta atención al patriotismo, en el estadio sí se nota que los santanecos se empeñan en cantar el Himno Nacional.

¿Cuál rival?


“Somos dos veces perfectos”, comenta un aficionado, “este es el orgullo de ser santaneco y fasista y para nuestro equipo no existen barreras ni rivales que valgan la pena”.
En la cancha la emoción ha comenzado. Ante el pitazo inicial, los ojos de todos se volvieron a la cancha para concentrarse en el partido.

Al principio, los ánimos están un poco más relajados. La confianza en el gane del equipo se siente en el aire. La tradicional turba roja no para de cantar, bailar y dar gritos y porras de apoyo a su equipo. Los paquetes de pólvora descansan en una esquina a la espera de su turno para entrar en escena.
Durante el juego, los asistentes observan con atención los movimientos y comentan entre sí las jugadas. Algunos de los aficionados aprovechan para tirar piropos a las señoritas con pantalones apretados y camisetas azul y rojo.

Otros espectadores que no tuvieron la suerte de ingresar al estadio, trepan en los árboles y los fanales para ver desde allí el juego. De paso, sirven como vigías de la multitud de autos que rodean al Quiteño.

En la cancha el juego se pone interesante. Los jugadores se mueven con destreza para deleitar a sus seguidores. El apoyo es aún más visible cuando hay un lesionado. Ante una falta, William Reyes cae al suelo con el intenso dolor que le provoca una fractura. Y la gente, en señal de respaldo en su dolor, le canta porras especiales con su nombre y le grita para animarlo.

Pero el partido debe continuar, y esta vez con más empeño en el gane para rendir honor al jugador lesionado. El juego va bien... FAS domina el balón y el público es todo alegría .
Muchos de los asistentes disfrutan de alguna golosina, mientras ven el partido. Compran algo de comer para acompañar el juego y se refrescan con cervezas y gaseosas.

La tensión aumenta cuando FAS se acerca a la portería. El gol está cerca. La gente deja de comer, deja de beber y hasta casi deja de respirar cuando el balón se pasea frenéticamente frente a la portería.
Y llega el instante que muchos definirían como el momento perfecto: ¡GOOOL!

La gente se levanta de sus asientos, grita, canta, baila y celebra con euforia la anotación. La pólvora revienta, el humo rojo se expande y los cantos de apoyo aumentan. El Quiteño se convierte en la fiesta de incontables emociones.
El equipo santaneco unifica la emoción de los aficionados coronando el juego con el ansiado gol y la fiesta deportiva continúa.

Los primeros serán los últimos. A lo charro, así llegó este aficionado al FAS que se dio un buen madrugón.
Los peluches van al estadio. Es la mascota de los fasistas que acompaña a sus dueños a todas partes.
Prepare la billetera. El dinero siempre es poco a la
hora de comprar los recuerdos del equipo tigrillo.

 

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