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Hogar por el día, trabajo de noche

El espectáculo era diferente. El ambiente que se siente por las noches en la carpa parecía haber desaparecido.

Santa ana
Claudia Zaldaña
Diario de Occidente
diariodeoriente@elsalvador.com

Camila Suárez, de cuatro años, es hija de Enrique Suárez, uno de los propietarios del circo. .Fotos diario de occidente

Sólo la presencia de los animales alimentándose tranquilamente dentro de sus jaulas, recordaba que en aquel lugar se ofrecía una función.

La enorme carpa del circo de los Hermanos Suárez, negocio con más de 150 años y que da empleo a 80 personas, tomaba un intenso baño de sol, custodiada por furgones y casas rodantes dispersas a su alrededor.

Varias señoras lavaban ropa afuera de sus remolques, mientras algunos niños jugaban cerca de ahí.

En la carpa no había mucho movimiento. Unos cuantos artistas ensayaban en la pista sus números y presentaciones. Un joven practicaba con mucho esmero un nuevo acto de malabarismo. Tiraba varias bolas al aire y perfeccionaba su dominio y rapidez.
También realizaba prácticas una chica guatemalteca, para mejorar su destreza en un acto hecho con aros. Aunque no ha debutado, comenta que toda su familia siempre ha estado en diferentes circos y que le encanta su vida en este espectáculo.

Desde Rusia

Más atrás, una joven madre originaria de Rusia entrena algunos movimientos corporales con su pequeña hija. Casada con uno de los hermanos Suárez, Elena Zakharova forma parte de la gran familia del Circo Mundial, empresa iniciada hace más de un siglo.
Cerca de Elena y de su hija están las jaulas de los tigres. Estos duermen plácidamente bajo la carpa, mientras llega la hora del almuerzo.

Agrupados de dos en dos y tranquilamente abrazados, los tigres parecen ignorar el entorno y su “responsabilidad” en el espectáculo de la noche. Nada les perturba, ni siquiera la presencia de las moscas.

Enrique Suárez, uno de los propietarios del circo y domador de las fieras, dice que están bien entrenados y que son bastante tranquilos. El temible rugido de uno de ellos parecía indicar lo contrario.

Algunos jóvenes que trabajan en el circo comentan que lo que más les gusta de la vida circense es la emoción de viajar y conocer nuevas culturas.
Tendidos en sus hamacas colocadas debajo de un remolque, dos nicaragüenses, un dominicano y un salvadoreño escuchaban música.

Según los relatos de los más antiguos en este trabajo, la vida del circo es bonita, llena de emociones y aventuras y vale la pena dejar un hogar fijo y la vida normal por irse con el espectáculo. El más nuevo del grupo, el salvadoreño Santos Mendoza, está dispuesto a comprobar dicha teoría en carne propia.

“Quiero irme a conocer otros lugares y otras culturas, en mi casa tengo problemas y quiero cambiar de vida. En el circo tengo trabajo y la oportunidad de tener un mejor futuro, por eso me voy”, afirma el joven.

Oscar Iglesias, quien trabaja como payaso, dice que la vida del circo atrapa a cualquiera y que hay un dicho conocido que dice que “quien gasta una suela de zapato en un circo, suele quedarse en él”.
Los días van y vienen para ellos, así como para las más de ochenta personas que viven “bajo la carpa”, una carpa que se recoge de día y se desata en la noche... una carpa que ha sido un hogar para muchos y un sustento para otros... una carpa donde manda la alegría.

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