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¡Llegó el circo!

Los santanecos hicieron largas filas ante la taquilla de uno de los circos más famosos de Latinoamérica: el Circo Mundial de los Hermanos Suárez

Santa ana
Claudia Zaldaña
Diario de Occidente
diariodeoriente@elsalvador.com

Sin equivocarse. La destreza de los malabaristas se pone a prueba cada noche, el público es el mejor juez de la función.
.Fotos diario de occidente

Vista aérea de Santa Ana: en el costado norte, cientos de casas forman colonias y una columna de humo sirve como bandera al basurero local. Al este y al oeste, más casas, cerros y autos. En la zona sur, el estadio Óscar Quiteño y una enorme y colorida carpa de circo, en el antiguo campo de aviación.

Bajo la carpa, en un escenario muy iluminado, un señor vestido de traje presenta la función. Detrás del telón, los artistas se preparan para salir a escena. Los espectadores aguardan con impaciencia en los graderíos de madera y los niños preguntan a sus padres a qué hora van a salir los payasos.

Los pequeños no tuvieron que esperar mucho, pues el acto de inicio estuvo a cargo de un singular personaje cómico vestido de vampiro.
En poco tiempo llegó la presentación de los animales. Por el escenario desfilaron los camellos, los caballos percherones de origen inglés, la llama del Perú, el elefante de la India y unos simpáticos animalitos que cautivaron a grandes y chicos: los caballos pony.

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El espectáculo era diferente. El ambiente que se siente por las noches en la carpa parecía haber desaparecido.

Los trapecistas también distrajeron a los asistentes con sus maniobras y piruetas. El “Hombre Araña” salió con su traje azul y rojo y provocó unos cuantos gritos en el público por su temeraria actuación. Giraba, caminaba y saltaba en una enorme rueda que no paraba de dar vueltas a una altura que daba vértigo.

La gente aplaudía y se admiraba de las actuaciones de los diferentes personajes provenientes de países como Rusia, Haití, México y otros de Sudamérica.

Dos actos

Como la presentación es larga, el acto se divide en dos. Y en el tiempo intermedio, los niños pudieron montarse en el elefante. Mientras tanto, varios asistentes del espectáculo armaban apresuradamente una enorme jaula que cercaba la pista por completo.

Enormes piezas de rejas cerraron en círculo la zona en donde estaban a punto de presentarse las atracciones más feroces de la noche: los tigres.

Las personas se acomodaban rápidamente en sus asientos y esperaban con ansias el siguiente número. Los niños se acercaban más a sus padres, como buscando protección por la presencia de las fieras.

Un domador temerario entró a la jaula de los tigres y con su látigo ordenaba a los animales que se sentaran, caminaran y subieran a diferentes pedestales. El público estaba en silencio.
Nadie se atrevía a mover un músculo ni a levantarse por unas palomitas de maíz. El acto de los tigres fue un éxito y el domador finalizó su hazaña sentándose sobre uno de los animales. Aplausos, aplausos y aplausos....

Pero para que el público no se sintiera fuera del espectáculo, varias personas escogidas también formaron parte de la presentación con los payasos.
Dos jóvenes ayudaron a los cómicos en su actuación, pero terminaron siendo víctimas de sus travesuras.

Tras el último acto, el animador anunciaba el fin de la velada. Cansados de reír y admirados por los animales, el público finalmente salió de la carpa.
Los padres salieron satisfechos de la función mientras sus hijos, con una sonrisa congelada en el rostro, les preguntaban: ¿cuándo me vas a traer otra vez?...

 

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