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Los vestigios del viejo Tacuxcalco

Una de las batallas más importantes que afrontó Pedro de Alvarado en su conquista fue en este poblado cercano a Nahulingo, del que hoy sólo quedan vestigios.

Sonsonate
Érika Prado
Diario de Occidente
diariodeoccidente@elsalvador.com

El conquistador pedro de alvarado libró una cruenta batalla con los pipiles en Tacuxcalco. Fotos diario de occidente/ Claudia Zaldaña

Tacuxcalco es el nombre de uno de los asentamientos hu-manos más antiguos registrados en El Salvador. Hoy en día, en el lugar en el que se erigía sólo existen unos montículos de tierra y algunos vestigios arqueológicos que son motivo de saqueo y destrucción.

Una carta del conquistador español Pedro de Alvarado fechada en 1523, y dirigida a Hernán Cortez, es el primer documento escrito en el que se menciona el poblado.
Esa misiva dice que “me partí para otro pueblo llamado Tacuxcalco en el que estaba mucha gente de guerra del dicho pueblo y de otros sus comarcanos (...) y aquí se hizo muy gran matanza y castigo”.

Esta fue una de las batallas más cruentas, en la que murió un importante número de pobladores pipiles de la re-gión. Se puso así fin al esplendor de Tacuxcalco, un pueblo grande que años después (a mediados del siglo XVI) fue dividido en dos.

Los pueblos resultantes de fueron Tacuxcalco y Nahulingo, juntos pero separados por el ‘río de Ceniza’. En una carta escrita en náhuat por la máxima autoridad Pipil de Nahu-lingo en el año 1580, se explica que la división del pueblo fue por un pleito de tierras.

Para justificar la desaparición completa de Tacuxcalco, lo verídico se mezcla con lo legendario. Según el mito, el pueblo desapareció porque dos de sus habitantes se pelearon el 6 de enero de 1823, en una fiesta litúrgica de los Santos Reyes.

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El padre José Antonio Peña oficiaba la misa en la Iglesia de San Francisco Tacuxcalco cuando, borrachos, riñeron salvajemente hasta que uno de ellos cayó en el atrio del templo y fue asesinado por el otro.

Indignado, el párroco ordenó que repicaran las campanas del templo y todo pueblo se congregó para escuchar la maldición que echó sobre el poblado.

La historia continúa señalando que el párroco maldijo al pueblo de San Francisco Ta-cuxcalco y excomulgó a cuanto vecino se quedara residiendo. Después, sacó todas las ornamentas del culto y salió del pueblo, sacudiéndose sus sandalias para no llevar polvo del maldito pueblo.

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Y es así, según la leyenda, como todos los pobladores tuvieron que abandonar sus viviendas y se fueron a Son-sonate. Así termino el poderío del ‘arsenal de guerra’ al que se había referido años atrás Pedro de Alvarado.

Hoy en día, sólo quedan cinco montículos de tierra que se cree eran ocupados como vivienda por los nobles del pueblo y, a sus alrededores los súbditos. Este campo pertenece ahora al cantón El Guayabo en la jurisdicción del municipio sonsonateco de Nahulingo.

Para Paul Eugene Amaroli Bertolucci, arqueólogo que ha realizado estudios en el extinto pueblo de Tacuxcalco, éste existió desde el año 800 antes de Cristo. El asentamiento tuvo 2 kilómetros cuadrados de extensión, densamente poblados.
Para este arqueólogo, las piezas encontradas en el lugar son de diferentes períodos.

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