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Crece en Santa Ana número de ‘niños de la calle’

Aunque no ha habido ningún recuento oficial, en las últimas semanas se ha percibido un incremento en la cantidad de infantes que viven en la calle.

SANTA ANA
Claudia Zaldaña
Diario de Occidente
diariodeoccidente@elsalvador.com

Cualquier lugar es bueno para pedir a los viandantes “una
monedita” con la que poder subsistir..
Fotos diario de occidente/ Claudia Zaldaña

Medianoche. En el centro de Santa Ana aún se respira el ambiente nocturno. Todavía hay gente en la calle que busca lugares en los que poder comprar algo para llevarse a la boca. El recurso más habitual son las ventas de comida rápida situadas cerca de la alcaldía.

Algunos autos se detienen en las esquinas. Se escuchan saludos y risas de jóvenes que se saludan de un lado de la acera a otro.

Un señor se acerca a un ca-rretón de hamburguesas y ordena “cuatro para llevar y dos para comer ahí”; mientras, unos ojos pequeños y enrojecidos le miran en silencio.

“Regáleme una moneda”, interrumpe de pronto una voz con tono triste y un tanto de-sentonada. No hay respuesta. Por más que aquel niño sucio y despeinado insiste en su petición, nadie le hace caso.

Carlos

Él se llama Carlos (nombre ficticio) y tiene 15 años. Se trata tan sólo de un ejemplo más de los niños que deambulan por las calles buscando algo para comer o pidiendo que alguien les regale una moneda.

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Difícil solución a este problema

Aunque hay muchas instituciones que atienden los problemas de la niñez, en Santa Ana no hay ninguna que sostenga programas de ayuda para los niños de la calle.

“Yo siempre he estado en la calle, no tengo familia y ya me acostumbré a esta vida”, comenta resignado mientras abre una bolsa de churritos. “Éste es mi almuerzo y mi ce-na”, explica. Los come despacio... un vago intento para que parezca que no se acaban nunca.

La gente pasa y lo ignora. Es como si se tratara de un fantasma ajeno a la mirada de todos. Sentado en la cuneta y al lado de un poste, Carlos espera con paciencia que al-guien le dé dinero.
Con asiduidad se lleva a la nariz un bote quebrado de perfume.“Me lo encontré y huele bien rico”, explica.
También se toca la cabeza. Su cabello esta enredado y sucio. Hay zonas en las que no tiene pelo, como si se le cayera por alguna enfermedad.

A los niños de la calle les cortan el pelo en algunas instituciones que se dedican a su cuidado, pero a quienes no se acercan a esos centros se los ve con el cabello desarreglado.

Carlos es sincero a la hora de reconocer que “estuve en un montón de centros de niños, pero siempre me he salido porque prefiero estar aquí”. A él no le gustan esos lugares... prefiere estar en la calle y pedir para subsistir. Carlos dice que hay muchos niños que andan en la calle porque no tienen familia.

David

Éste no es el caso de David, de 16 años, quien se crió con la abuela. En la calle es conocido con el sobrenombre de ‘Big foot’ o pie grande. “Me dicen así porque nunca he usado za-patos y mis pies parecen más grandes”, comenta sonriente.

Nunca conoció a su papá y no sabe dónde está su madre. Su abuela lo cuidó y le dio techo y alimento hasta que ella murió cuando él tenía cinco años. Desde entonces se quedó en la calle y tuvo que aprender a subsistir por sí mismo. David cuenta que para ganarse algunas monedas acostumbra a subirse a los autobuses a cantar.
“Se consigue algo... en un día uno puede llegar a recoger como 25 colones”, aunque asegura que también hay días malos.

Sergio

Mientras ‘Big foot’ relata lo que hace en el día, otro chico se acerca y lo saluda. Es Sergio, un niño de 12 años que parece estar siempre contento.

“Yo también canto en los buses y pido dinero a la gente”, dice mientras observa la entrada del Teatro de Santa Ana.

Esa noche hay un concierto de jazz. El parqueo está lleno de elegantes autos. Sergio se pasea entre los carros y se acerca a la puerta del teatro. “Estoy esperando que salga la gente para ver si me dan algo”, explica el chico.
Al ver que la gente tarda mucho en salir, Sergio se sienta en el suelo y comienza a contar un poco su vida diaria. “Yo tengo casa y ahí está mi mamá, pero está enferma”.

Aunque tenga un techo, él prefiere la calle. No tiene una razón especial para la elección, sólo que “no me gusta estar en casa”. Fuera puede conseguir dinero para irse a jugar a las ‘maquinitas’, uno de sus pasatiempos favoritos.

De pronto, el relato se interrumpe. Las puertas del teatro se abren y los niños corren hacia la gente que sale de escuchar el concierto.
La historia se repite una vez más; la gente pasa de largo ignorando las voces que se unen en coro: “regáleme una moneda”.


“No podemos hacer nada”

Muchas instituciones han perdido el interés por ayudar a los niños de la calle y no han dado continuidad a programas de este tipo

- ASAPROSAR
“Hace como ocho años tuvimos un programa de ayuda, pero no funcionó. Es muy difícil trabajar con este tipo de niños”

- CIUDAD DE LOS NIÑOS
“Esta es una institución abierta y no podemos retener a los niños que no quieren estar aquí. Hay algunos que los ha traído el ISPM, pero son pocos los que se quedan”.

- FUNDACIÓN OLOF PALME
“Nuestra institución no tiene ningún programa de ayuda para niños en Santa Ana; por ahora, no tenemos ningún proyecto”

- ISPM
“Cada vez que vemos un niño lo recogemos y lo llevamos a un centro, pero no podemos controlar que no se escapen”

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