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Los
cimientos de la integración
El
puente de El Jobo lleva más de 50 años agilizando
el tránsito humano y comercial entre las dos repúblicas.
AHUACHAPÁN
Larisa Velásquez
Diario de Occidente
diariodeoccidente@elsalvador.com
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la idea de construir el puente
de el jobo toma fuerza en 1931, pero no se materializa
hasta 1950. Foto diario de occidente/
archivo
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Uno de los puentes con más carácter
del departamento de Ahuachapán es, sin duda, el de
El Jobo. Esta construcción, situada en el lugar conocido
como Jobo Segundo o Rocas Rojas, sirve
para unir Guatemala y El Salvador, y está ubicada a
sólo 16 kilómetros de la cabecera.
La construcción de este puente, el tercero más
transitado del país, tuvo su origen en las a los reuniones
iniciadas en 1931 entre las autoridades guatemaltecas y nacionales.
En el convenio en el que se dio el visto bueno a la obra se
acordó que el diseño, la edificación
y los costos serían pagados a partes iguales entre
los dos estados. También se pactó mejorar las
vías de acceso hacia el puente.
La construcción se inicia en 1946, pero no es hasta
1950 cuando en solemne ceremonia se inaugura oficialmente
el puente que suponía para ambos pueblos una ventana
al progreso. Los primeros usuarios fueron pequeños
automóviles, camiones y carretas que transitaban por
esos años.
La introducción del transporte colectivo vino más
tarde a iniciativa de empresas privadas de ambos países
que se unieron para trazar las primera rutas internacionales.
El tiempo también ha pasado por el puente, ya que tuvieron
que reconstruirlo en 1994 debido a los serios deterioros que
tenía en algunas partes de la estructura.
Puente mercado
El puente de El Jobo se caracteriza por lo habitual
que resulta encontrarse con cambiadores, comerciantes, vendedores
y tramitadores de paso. Todos se ajustan a un mismo patrón
de venta: cuando llegan los vehículos, se abalanzan
a ofrecer sus productos.
Los miércoles son días especiales. Han sido
bautizados como días de frontera porque
es cuando los guatemaltecos aprovechan para montar un improvisado
mercado, en un lugar llamado Valle Nuevo, en el que se encuentra
desde ropa hasta enseres domésticos.
Atanacio Pérez Rivas, hombre de gran simpatía
y muy reconocido en el lugar, ha vivido entre el bullicio
y el comercio que se origina en la zona. Sus primeros años
de vida los recorrió por este camino de la mano de
su padre cuando cruzaba la frontera en una vieja carreta para
comprar maíz al otro lado, como aquí
se dice.
A sus 62 años, aún trabaja como cambiador, oficio
que heredó de su padre y que le ha permitido sacar
su familia adelante. Comenta que ha trabaja todos los
días de la semana excepto los domingos, días
que ocupo para descansar y dar gracias a Dios por las bendiciones
recibidas en la semana.
Aduana turística
Desde el pasado 25 de julio, esta frontera entre las dos repúblicas
está considerada como una frontera turística.
Lejos de ser un simple cambio semántico, trajo consigo
algunas modificaciones, entre ellas, el pago de impuestos
por trasladar mercadería, automóviles y otros
transportes.
Otro cambio importante es que se desvío el tráfico
pesado hacia otras fronteras, limitándose a ocho toneladas
el peso de las mercancías que se pueden cruzar.
Muchas personas que viven de la frontera han visto una disminución
en sus ingresos familiares. Aquí trabajan más
de 200 personas entre cambiadores y vendedores, muchos de
ellos con más de 25 años en el lugar.
Además, otra de las quejas de los comerciantes de la
zona es el aumento de los robos a mano armada. Los vendedores
y cambiadores aseguran que la mayoría de estos delincuentes
provienen del lado de Guatemala.
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